martes, 3 de mayo de 2016

LIBROS: REGRESO A YAK HARUIN

Estancia Viamonte (Río Grande)
Hace poco menos de un año, di con un libro que me atrapó de manera que ni yo pensaba que podía suceder. Se llama “El Hombre de la bahía del Pájaro Carpintero” de Aimé Tschiffely (SudPol, 2014). Esta anécdota es, por lejos, una de las mejores de este breve libro que se puede encontrar en cualquier librería de Tierra del Fuego. Amén de ello, recomiendo –si se puede, antes- leer la obra original de Lucas Bridges.


El libro recrea las aventuras de Lucas (un personaje histórico fueguino, de mis preferidos), “la relación con los nativos, los días en Tierra del Fuego y, también, los años posteriores a su vida en el lejano sur, aportando información que no se encuentra en y que, sin dudas, le confiere un valor extra a la obra”.

Se trata de la primera traducción al español de este libro, y entre otras tantas vivencias, hay una que, cuando la vuelvo a leer, me hace amar con más intensidad mi lugar.

Cuenta que luego de desafiarse y una larga y dolorosa lucha con un alto y fornido ona, en su búsqueda de zanjar enemistades y alcanzar las tierras al norte, Lucas viaja a Buenos Aires para tramitar las nuevas posesiones familiares en el norte fueguino. Es allí, donde reacciona a lo que se ha perdido de su primera juventud. Lo hace en medio de una ciudad ajetreada, con gente que va y viene, luces y mucho ruido. Aun así, piensa que vivir en Tierra del Fuego es lo más indicado y en que, si pudiera, volvería a hacerlo.

Según Don Adrián Goodall, esta es de las
primeras construcciones que levantó Lucas
“Pero al comparar en sus pensamientos, la civilización con los bosques nevados y sus alturas batidas por el viento de su tierra natal, llegó a la conclusión de que, si pudiera elegir dónde volver a nacer, escogería la vida que había llevado. Recordó una ocasión en la que, acompañado por un ona, escaló una montaña cercana al lago Kami. Era un sereno atardecer de otoño. Acababan de pasar la línea de bosques y se habían tendido a descansar en una ladera herbosa. La luz del ocaso les daba, a los picos nevados y las escasas nubes, un maravilloso tono dorado. El bosque que recubría las empinadas costas del lago hasta el borde mismo del agua, aún no había perdido sus gloriosos colores otoñales. Los dos viajeros contemplaron en silencio la sublime escena. Al cabo de un rato, el ona lanzó un profundo suspiro y murmuro para sí: Yak haruin (<>).

Pasó mucho tiempo y se requirió mucha paciencia antes de que el gobierno le concediera las tierras a Lucas. Cuando todo quedó arreglado, se dispuso a abandonar el bullicio de la ciudad; no veía la hora de llenarse los pulmones de aire limpio y frío y regresar a las regiones y a los indios que tanto amaba. Sus inmensos esfuerzos y los muchos peligros que había enfrentado se veían recompensados. Ahora, su sueño estaba por hacerse realidad: podía establecer su hogar en tierra de onas, y él también podía decir: Yak haruin.”


Vista desde el interior de la estancia
Meses después de leerlo, tuve la oportunidad de bautizar con algún nombre que yo quisiera, una pared negra y rocosa al fondo del valle Tierra Mayor, en la sierra Alvear. El instructor de escalada en piedra, me ofreció esa oportunidad para nombrar esa vía de ascenso, por haber alcanzado el top, no sin mucho esfuerzo. La ceremonia, por así denominarla, sería al otro día. Sin embargo, al proponernos la empresa de alcanzar el tope, yo ya sabía qué nombre le podría a esa ruta en la roca negra y fría. Yak haruin. En honor a Lucas, a ese ona que supo valorar su terruño y, sin dudas, a ese excelente libro de Tschiffely. No lo dejen pasar, ¡léanlo!.

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