martes, 24 de febrero de 2015

EN PRIMERA PERSONA: CUEVAS DE HIELO EN EL VINCIGUERRA


El sábado 14 de febrero emprendí la caminata hacia el glaciar Vinciguerra en Ushuaia. Es la tercera vez que lo hago, y en esta -como en las dos oportunidades anteriores-, el paisaje me deparó momentos increíbles. El glaciar tiene una superficie de 71 hectáreas y corresponde a la cuenca hídrica del arroyo Grande en el valle de Andorra. Se ubica entre los 745 y 1270 msnm y corresponde a uno de los siete glaciares de los Andes fueguinos argentinos. (1)


Temprano, a las 10, partí desde la tranquera verde que se encuentra al final del valle, y me encamine por el sendero que a sus lados está tapizado de flores amarillas, lengas, y abundante olor a equinos. Hacia adelante se ve la turbera que explota una empresa. Hay decenas de caballetes donde reposan los “panes” de turba, esperan eliminar toda el agua de su interior para ser comercializados como abono y otros usos. El arroyo Grande, dibuja un serpenteante recorrido, que da un marco especial al cordón Vinciguerra.

En esta oportunidad opté por seguir el sendero dibujado por un usuario de la red social Wikiloc, sitio web y app android altamente recomendables, sin embargo erré el track que descargué. El que seguía, correspondía a la cima del cerro y no al glaciar. Lo advertí cuando la masa de hielo desaparecía mientras avanzaba en el sendero que difiere a la ruta habitual rumbo a la masa de hielo.

Resolví dirigirme hacia el turbal y cruzarlo. Debo confesar que hacerlo, me recordó las veces que he caminado por las playas Río Grande o cabo San Pablo. Es igual. Cuesta avanzar, los pies se hunden en la esponja vegetal y uno se cansa mucho más que al hacerlo por otro terreno.

Luego de superar este tramo, hermoso por cierto –los colores rojizos y ocres mezclados con el verde de la vegetación, dan un panorama muy particular al turbal- crucé el arroyo vadeando su lecho. A lo lejos podía escuchar el ruido del agua cayendo. Caminaba por la ladera de la montaña y el sol desprendía unos fantásticos rayos que aportaban calor y me brindaban entusiasmo.

Crucé hasta el límite de vegetación por el bosque. En principio, como había hecho veces anteriores, siguiendo el curso del río que desagua metros abajo. No dudaba que se trataba del curso que nace en la Laguna de los Témpanos, mucho más arriba. Cada vez que opto por esta alternativa, entiendo que no hay sendero, que el recorrido será difícil y, sin dudas, algo podría salir mal. Tengo que recordar que el sendero que lleva al límite de vegetación es –a mi gusto- excesivamente vertical y hay puntos, en los que realmente es difícil avanzar. Eso desanima un poco.

Cuando iba promediando el viaje por el bosque, miré el GPS de la aplicación y me desmoroné al ver que no había subido mucho. Sin embargo, mi respiración, mi pulso y la cantidad de agua que tomaba, eran como para estar mucho más adelante. No tenía otra posibilidad más que seguir.

No continuar el sendero establecido puede traer contratiempos. El sábado me topé con cientos de árboles caídos, ascensos casi a 45 grados, calor… Pero también, con una enorme cascada oculta en el bosque, enorme. De unos 7 u 8 metros de altura que –al menos hasta ahí- alejó mis miedos y molestia. Continué subiendo como pude. Desviándome del río y volviendo a él de acuerdo a cómo se me presentaba el terreno.

Por momentos escuchaba ladridos de perros. Sabía que en la zona de Andorra andaban muchos perros abandonados. También leí por ahí sobre el peligro que representan para quienes andamos en el bosque… Hice desaparecer esa sensación y seguí la caminata.

Conforme subía, mi cansancio aumentaba y la hora seguía avanzando no tanto como mis piernas. El sol pleno y un cielo diáfano, daban un condimento particular a la visita. Por fin, llegué a una planicie de bosque, continué a través de él orillando el río. Luego, giré a la izquierda y vi un claro en el bosque. Hacia el sur, se apreciaba claramente el camino que se introduce en el valle, el nuevo hotel en el cerro y al fondo, el Beagle y las islas chilenas. Alcancé buena altura aunque según el mapa, recién llegaba a la mitad de toda la excursión.

Continué caminando hasta que di con una castorera de altura. Activa por las marcas de los roedores en los árboles y al fondo de dique, otra enorme cascada cayendo con un ruido tan presente, tan evidente. En el sendero habitual no se cruza con semejante paisaje…

En ese lugar analicé si debía subir casi verticalmente la pared que estaba al lado de la cascada o bien, ir nuevamente entre el bosque. Todo se veía fácil, aunque preferí seguir en medio de los árboles; empresa que me resultó tan agotadora como las anteriores. En este punto, tengo que ser franco y admitir que tenía muchas ganas de llegar, mis piernas ante el esfuerzo, comenzaban a dar señales de su estado.

Cuando por fin llegué arriba de la cuesta, di con la última cascada del río, al menos en la zona de vegetación; ¡y ahí estaba el sendero! Esto me alegró y me dio energías para seguir. Ya quedaba poco para integrarme de lleno a la senda y ver nuevamente el glaciar y su laguna.

Vadeé nuevamente el río, y llegué al curso que cae entre rocas formando un abanico de agua blanca, lechosa por efecto de los sedimentos que trae montaña arriba. Ese fue el punto donde almorcé frutas secas, aceitunas, pasas de uvas y una barra de cereal con agua del Vinciguerra. Diez minutos fueron suficientes para continuar el tramo final de esta caminata que, en esta oportunidad, insumió cerca de 9 kilómetros.

Desde este punto, todo cambia. Valle de altura, pastizales altos, verdes y un sendero más que evidente. Cinco años en que no regresaba a ese lugar y vi cómo los castores han llegado a este lugar alto y empezaron a diezmar el bosque. Bronca.

Luego de cruzar el verde, llegué a la zona del límite de vegetación. En este punto de la caminata, las plantas son achaparradas, cojines de bolax y empetrum y flor de chocolate. Son pocas las especies que se desarrollan a esta altura. Me refiero a los 680 msnm. También las piedras y rocas comienzan a formar parte del escenario que se completa con las altas cumbres que acompañan al cerro Vinciguerra por donde la mirada alcance.

El clima, en este punto de la senda, dio un cambio rotundo, bajó la temperatura, el viento helado bajaba de la montaña y gotas de lluvia se hicieron presentes. Una campera y gorro para la ocasión, formaron parte de la vestimenta en esta zona de la recorrida. El bastón de trekking, un aliado especial.

Hasta la orilla de la laguna restaban unos 2 kilómetros y medio. De tanto en tanto, detenía para tomar aire, agua y disparar mi cámara en todas direcciones. Es la tercera vez que visito el lugar, -lo mencioné ya-, pero también es cierto que, siempre cambia mi mirada sobre ese escenario agreste y natural.

Cuando por fin llegué a la laguna, el paisaje es el mismo que vi en 2010. El cielo cubierto, precipitaciones y viento. Frio. Pero entiendo –por fotografías- que en esta oportunidad veré cuevas del glaciar que hace cinco años no estaban. Eso me anima.

Descanso al reparo de una roca y planeo mi periplo. Veo que por la derecha de la laguna, muchos turistas van en sentido del glaciar. Hay algunas grietas evidentes en la masa de hielo y otras, que parecen ser cuevas. Sin embargo hacia la izquierda el panorama es mucho más alentador. En realidad, hay menos gente.

Mientras pruebo algunos bocados, miro las fotos que he tomado hasta este punto y recuerdo los libros que estoy leyendo. Refieren a Tierra del Fuego, pero hay uno que compré hace un tiempo que habla sobre el glaciar que tengo frente mío. Hace mucho que lo leí y recuerdo pocas cosas sobre él. Me impongo la tarea que, cuando esté nuevamente en Ushuaia y en mi casa, lo voy a buscar para releerlo y aportar a este artículo.

Me acomodo la ropa y emprendo la caminata hacia la cueva. Bordeo la Laguna de los Témpanos por la izquierda y comienzo a subir por las rocas en cercanías del glaciar. Asombra ver, cómo el paso del gigante de hielo talló líneas horizontales en la roca basal. ¿Hace cuánto habrá sucedido? Llueve. El panorama hacia el sur se ve cubierto y el frío aumenta.

Bajo unas cuantas rocas y por fin estoy frente al ingreso de la cueva. Empiezo a disparar la cámara buscando el punto exacto para capturar lo que veo. Ingreso erguido, el agua corre por todos lados. Esta parte del glaciar Vinciguerra, adentro de la cueva, tiene una salida y un desvío hacia la derecha. Poco tiempo estará así, el calor del viento seguirá modelando la masa helada y su fisonomía ya no será igual. Recuerdo la entrevista que le hice al director del CADIC en la capital fueguina, Dr. Jorge Rabbassa, quien me ilustró sobre la situación actual de nuestros glaciares.

Admiro el tono azulado que tiene el hielo, presto especial atención a una roca suspendida en medio del agua congelada hace cientos de años. Arriba mío una roca está mitad suspendida en el aire y la otra, aun congelada. Sigo disparando la cámara y, de pronto, esa misma roca cae y golpea la lente. No pasó nada más que un golpe. Me pregunto qué habría pasado de haber caído encima mío. ¿Cuánto tiempo esperó para caer?

Sigo mirando las paredes de la cueva. La luz, aunque débil, consigue alumbrar a través del Vinciguerra y aprecio cada sedimento atrapado en el hielo, piedras, rocas, burbujas de aire… todo está ahí, como hace años. Escucho que alguien grita, ríe. Es del otro lado, en las cuevas del lado derecho. ¿Por qué gritan? El eco, en proximidades de estos colosos, puede provocar desprendimientos. El sonido, con sus vibraciones, puede hacer caer la cueva o parte de ella.

Continúo fotografiando el interior, camino suavemente viendo dónde apoyar los pies y evitar que las rocas choquen entre sí por mi paso. Logro salir por la parte posterior de la cueva y doy con la superficie glacial. Hay nieve fresca pero no mucha. Escucho cómo el agua se escurre por toda su geografía y más arriba, el glaciar continúa mostrando sus grietas y al pie; el cerro del mismo nombre.

Nuevamente escucho a la gente abajo, gritan y se vuelven a reír. Si bien el lugar es de fácil acceso, pienso que deberían informarse qué se puede y qué no se debe hacer en estas zonas. En fin, no es para todos.

Luego de recorrer brevemente el glaciar (no tenía grampones para hacer transito sobre él como hice en 2008), bajé y recorrí la parte derecha de la laguna. El clima seguía adverso y, a razón de mis extremidades, ya era momento de regresar.

No podría decir que soy un gran senderista. De hecho, siempre trato de nutrirme en recursos en la web, libros o con las pocas charlas donde alguien “comparte” sus saberes y poder recorrer Tierra del Fuego, seguro y tranquilo.

LA GENTE, LA GENTE

Como siempre recuerdo, no soy profesional del turismo ni un gran conocedor de las bellezas fueguinas. Estoy en vías de cumplir ambas premisas. Aunque si, al pertenecer al periodismo soy curioso y busco documentarme acabadamente sobre Tierra del Fuego.

La primera vez que visité el glaciar, lo hice con la agencia Wintek de Ushuaia. En aquella oportunidad, tuve toda la información básica sobre los glaciares, medidas de seguridad para transitarlo y las recomendaciones para que, en caso de existir, se pueda ingresar a una cueva con la mayor tranquilidad.

Entonces, vi por primera vez –desde adentro- un glaciar. Caminé por su superficie y aprendí a reconocer las grietas en forma de A y V. A utilizar una piqueta y para qué son útiles los grampones en los borcegos. Entendí, en esa visita, por qué es preciso entrar al hielo en silencio, tratando de no hacer ruido con las rocas ni hablar en voz alta.

Ese ambiente es tan débil, tan frágil que la intervención del hombre de forma no armónica, puede acabar en una verdadera tragedia. No lo descubrí yo. Los profesionales de la montaña, los científicos e investigadores de Tierra del Fuego lo han comprendido así. Incursionar en este tipo de ambientes, no es para cualquiera. O al menos, que quien se adentre en estos lugares sepa cuáles son las medidas que debe cuidar.

Sin embargo, este grupo de 5 jóvenes ingresaron al lugar desprotegidos, gritando y riendo sin conocer las consecuencias de ese comportamiento. Pocas horas antes de redactar esta crónica, descubrí en un grupo de la red social Facebook, un video donde se muestra a una veintena de personas dentro de unas cuevas de hielo –presumo que las mismas que viviste ese sábado- en idénticas condiciones. Es decir, sin medidas de seguridad, hablando en voz alta y generando abruptamente sonidos. Amén de ello, la gran cantidad de personas que se aprecian en el video publicado, denota una generación extra de calor hacia el hielo. Me preguntaba si los organizadores de una caminata de estas características, evalúan los pros y contras de determinado comportamiento.

GLACIAR VINCIGUERRA: POR INVESTIGADORES Y ANDINISTAS

El topónimo se debe a Giacomo Bove.  Decio Vinciguerra fue el biólogo que lo acompañó en la expedición que realizaron hace más de 100 años por Tierra del Fuego.

El glaciar se encuentra en el sitio RAMSAR más austral del mundo y está asociado a las turberas de la zona. Está al pie del cerro (1499 m) del mismo nombre y dentro de la sierra que tiene una extensión de 20 km,  y 1/3 de la extensión de los glaciares de Tierra del Fuego en su parte argentina.

“Este imponente glaciar de montaña situado en la sierra homónima, está conformado por dos vertientes de hielo que confluyen en una reducida lengua orientada al sur. El desarrollo de la lengua es acotado entre los 800 y los 740 msnm, con una pendiente de 15%.

Después del Martial es el más visitado de los glaciares locales. Presenta facilidades para el transito sobre el hielo en el sector inferior, donde su pendiente es moderada; no obstante el uso de grampones es imprescindible.

La génesis de la laguna de los Témpanos (725 msnm): Este espejo de agua se desarrolló a partir de la década del 70, tras el inicio del proceso de desglaciación del área. (…) En el lapso de 30 años el glaciar desocupó paulatinamente la laguna. Hasta el año 2000 el frente del glaciar estuvo parcialmente en contacto con ella, retrayéndose rápidamente en años posteriores”. (1)

Para conocer un poco más sobre la senda al glaciar, recurrí al libro de Luis Turi, Guía de Sendas y escaladas de Tierra del Fuego, donde detalla: “El comienzo de la picada está claramente marcado por una línea de troncos que están dispuestos en el piso a modo de durmientes. Estos eran, efectivamente, los durmientes de un riel que se utilizaba para bajar los rollizos que los hacheros cortaban en la ladera, hasta un aserradero que funcionaba en el valle.

Estos rieles fueron traídos de la ciudad, y eran parte del sistema ferroviario que poseía el presidio de Ushuaia. Este fue desarmado luego que se cerrara la cárcel, en la década del cuarenta. Los rollizos eran bajados en zorras arrastrados por bueyes, y luego se los procesaba, obteniendo madera para construcción y leña”. (2)


Más recursos


(1)  Iturraspe, Rodolfo J. Glaciares de Tierra del Fuego / Rodolfo Iturraspe y Adriana Beatruiz Urciuolo – 1 ed. – Buenos Asires: Dunken, 2011 pags. 84, 85, 94y 100.


(2)  Guía de Sendas y Escaladas en Tierra del Fuego (2002) Luis Turi 3ª edición, diciembre de 2002. Primera edición español inglés: 2002. 

































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