lunes, 16 de enero de 2012

UNIR LA RUTA J y EL BEAGLE: MATERIA PENDIENTE


Desde hace mucho tiempo, tenía intenciones de llegar hasta Puerto Remolino, en el Canal Beagle. Para la empresa, tenía previsto caminar desde Estancia Túnel hasta ese lugar. Sin embargo, viendo varios mapas online (Google Earth y MapSource) supe que, desde la Ruta J hasta el puerto en cuestión, solo hay 13 kilómetros, aproximadamente, claro en linea recta.

Así, el domingo último decidí partir desde el segundo puente en la Ruta J. Lo hice a las 11 de la mañana (decisión errada, habida cuenta de lo que sucedería luego). Me ocupé de llevar ropa seca de repuesto, sándwiches y cosas dulces para un trekking del que no conocía nada.

En esta parte del bosque fueguino, obviamente no hay senderos ni blancos, de modo que para caminar hay que sortear escollos que, por momentos, hacen tediosa la marcha. Árboles caídos, enormes rocas y la costa del río Remolino, por instantes hacen inaccesible la marcha.

A medida que avanzaba, observaba el GPS para saber si la dirección era la correcta. Más adelante, cuando promediaba la primera parte de la incursión, me indicaba la presencia –al final de río- de una enorme laguna. Hasta ese lugar me dirigí y pude comprobar que la misma era producto de la labor destructiva de los castores. Cuando hube bordeado toda la parte izquierda del espejo, comprobé que el río Remolino desaparece.

A continuación, una enorme turbera en desnivel me invitaba a desandarla. Cansado y con el esfuerzo doble de atravesarla, arribé a la naciente de un nuevo tramo del río Remolino. Extrañado, cargué las botellas con su agua y me dispuse a almorzar. A ambos lados del río, los cerros se alzan en una altura de 800 o 1000 metros, y se despojaban de su vegetación a los 600.

Luego del descanso, decidí continuar. Eran las 15,30 y el sol seguía iluminando y brindando un cálido abrigo. De a poco, comencé a sentir el viento que provenía del sur, eso me informaba que estaba cerca. Al menos, eso creí.

Para la segunda etapa del trekking, decidí no caminar más sobre el bosque. Lo ideal era hacerlo por el lecho del río, de aguas bajas y cristalinas. Ayudado por un improvisado bastón de lenga, mi andar se vio intensificado y así, en poco tiempo, pude recorrer una distancia que en promedio, superaba la etapa anterior.




A cada instante me detenía para observar la zona, mirar los cerros y apreciar, por ejemplo, dos cóndores sobrevolando la altamontaña y un avión –no se de qué empresa- surcando el cielo fueguino. El bosque, verde e imperturbable, se mimetizaba con sectores grises y desprovistos de hojas, los castores, a lo largo del recorrido habían dispuesto varias represas que anegan el lugar y destruyen todo lo que hay a su paso.

A las cinco de la tarde, llegué a un codo del río y el GPS me informaba que faltaban pocos kms para hacerme de la costa del Canal. Sin embargo, penosamente vi que eran las 17 y –pensándolo bien- si había demorado tanto en llegar hasta ese punto, tanto más demoraría en recorrer de regreso el mismo tramo, hasta el auto.














Me senté un momento, evalué las posibilidades, y concluí que –por seguridad- lo mejor era emprender el regreso. Lo hice a través del lecho del río y descansé en el mismo punto donde había almorzado, tres horas antes.

Volví a emprender la marcha con dirección norte y a las 22, llegué al punto de partida, con el sabor amargo de no haber cumplido el cometido y la sensación que Remolino se ha convertido en una empresa que hay que lograr. Entiendo que será más adelante. Al llegar al auto y sentarme, noté que a veces el cuerpo necesita un poco más de preparación.





UNA PRESENCIA SORPRENDENTE






Cuando estaba regresando, y luego de atravesar el enorme turbal en el recorrido de Remolino, volví a hacerme del lecho –esta vez del brazo norte- y al momento de iniciar mi descenso a las piedras, vi que un castor adulto caminaba sobre ellas. Alcancé a disparar una fotografía y cuando notó que yo lo observaba, en un movimiento ágil y sorprendente se internó en las aguas del río.

Entonces pensé, la gran cantidad de esos roedores, distribuidos por toda la zona haciendo desastres con nuestro bosque, nuestros cursos de agua. Ahí comprendí que en muchos sectores, yo atravesaba pequeñas pozas en el curso del río. Y ¿si uno me encontraba? ¿Y Si nos encontrábamos?

Para finalizar,  me gustaría mucho conocer el nombre y apellido del genio que trajo esta especie exótica y la rata almizclera a Tierra del Fuego.





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