lunes, 29 de agosto de 2011

ENTRE CÓNDORES EN ESTANCIA TÚNEL

Visitar Estancia Túnel en agosto tiene un sabor distinto, sin dudas. Comenzamos nuestros trekking, el domingo último, en la baliza Escarpados. Nuestro periplo, al salir del bosque, continuó por la senda costera. Desde esa ubicación pudimos apreciar la inmensidad del Beagle, Navarino y oír el rumor del agua contra las piedras.




Al llegar a la bifurcación –la que sigue hasta la tranquera-, decidimos continuar hacia la costa, entre las piedras negras y amarillas donde dimos el aroma del Canal. Continuamos hasta la casa de Don Ramón –quien nos recibió el lunes anterior, cuando descubrimos su simpleza-, dentro de la construccion de dos ambientes.

La casa de la Estancia y su galpón. Detrás el cerro a subir
Simple, de pocas palabras y muy observador, nos invitó a compartir un breve almuerzo dentro de la cocina; estaba ambientada con una cocina de hierro, mesa, dos sillas y una cómoda. Al ingresar, un hall frio, con un fuenton, un cesto de basura.

Luego de un breve silencio, la casita se llenó de anécdotas que salían de la boca de Ramón. Lentamente, nos contó de los turistas que van en busca de la paz y belleza que ofrece Túnel. Con cámaras modernas, se llevan las impresiones del fin del mundo, más prístinas.

Simple, de pocas palabras y muy observador, Don Ramón
Posteriormente, decidimos emprender la marcha hacia un cerro donde los cóndores sobrevolaban en círculo, mezclándose con chimangos y caranchos. El sendero por momentos, se cubría de hielo lavado, en otros de barro. Pocas oportunidades nos hicimos con terreno seco.

Cuando nos aproximábamos al cerro, los cóndores tímidamente comenzaron a mostrar su belleza. Su vuelo calmado, planeando y dejando que el aire fluya por sus alas, hacían del instante uno pocas veces visto. Recuerdo que la única vez que vi uno, fue en cautiverio en la Misión Salesiana de Río Grande.

De pronto, Don Ramón me pide que vea hacia la izquierda. Se acercaba un ejemplar joven, su pelaje oscuro se confundía con la negrura de Navarino y su vuelo –bastante novel- comenzaba a tener la gracia de sus mayores. Sin embargo, se mostró en todo su esplendor desde la costa hasta el bosque rodeando el cerro.   

Luego, serían dos, luego tres más y así siguieron apareciendo éstas aves, mostrando sus lomos blancos, las extremidades de sus alas y la majestuosidad de su vuelo.

Don Ramón nos pidió que siguiéramos hasta un barranco, desde donde se apreciaba el vacío y más abajo –en la roca- el nido de éstas aves. Continuamos el sendero nevado, hasta descender al río Encajonado. Su rumor se oía claramente, luego cruzamos un diminuto valle y alcanzamos nuevamente altura para dar nuevamente con la senda.

El barranco, arriba, se veía enorme. De roca negra, con manchones blancos –seña del apostadero de las aves-, con prismáticos pudimos apreciarlos. Dos cóndores estaban descansando.

Nuestro regreso al casco de la estancia fue complicado. De a ratos por el camino y en otras, entre los arbustos debido a las pendientes congeladas. Nos demandó un buen tiempo.

Daban las cinco de la tarde y el frio y la humedad, nos obligaban a parar por unos mates. Se sumó a la charla, llena de historias, Don Pastoriza –propietario del lugar- y antes de las seis cuando el sol caía, comenzamos el regreso a Escarpados.

Ya en el claro, antes del último tramo de sendero, un ejemplar de zorro fueguino nos acompañó un buen tramo. Se escondía entre las hierbas y en otros momentos dejaba ver su silueta, con las luces finales del domingo.

La satisfacción en nuestras caras, era evidente. Llegar al cerro custodiados por cóndores, fotografiarlos y maravillarnos con su planeo. Regresar jugueteando con el zorro, fueron dos de los momentos más increíbles que pudimos sentir. La excusa, volver por un asado y seguir descubriendo Túnel. 



Para el Gran Marino Burgos, que esperaba las fotos de las aves.

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