lunes, 25 de enero de 2010

Inesperado final para un trekking más


La idea era conocer un poco más allá del Velo de Novia. Con esa premisa partí de Ushuaia cerca de las 11 de la mañana, para llegar al complejo Kawi Yoppen cerca del mediodía. Allí charlé un poco con José (y su familia) quién se mostró algo preocupado por mi viaje. Me contó que días atrás un contingente de turistas olvidó uno de sus integrantes y, obviamente, las consecuencias que esto supone para él ya que es el responsable del lugar.

Una vez que le expliqué mis intenciones, me comprometí que al regreso pasaría por su cabaña y avisaría que regresaba. Sin embargo, lo que sucedió más tarde, nada tenían que ver con mis planes originales.

Cuando llegue al Velo, me detuve y tomé algunas fotos, esta vez con trípode –aunque el adminiculo no fue del todo eficiente con mi cámara, ya que el bulón para asegurarla al trípode no presionaba y la cámara quedaba bailando-; un poco de piedra laja y resuelto el escollo.
Volví al sendero y seguí un poco más allá. Tomé fotografías de unos rápidos cuando el río se encajona en la laja de la montaña y continué hasta una zona donde el curso de agua es más tranquilo y el lugar es absolutamente apacible.


Crucé y me integré al sendero claramente demarcado –del lado del Monte Olivia (1326 msnm)- y continué. Me tope con durmientes en el trayecto hasta que en una parte éste se bifurca. Un brazo continúa y se interna en la montaña y el otro, se va directamente al río cruzándolo.
Seguí ese último. Grave error.

Luego de cruzar el río –vadearlo mejor dicho- el sendero desaparece. Las recientes lluvias y los días soleados han hecho que la vegetación luzca un verde intenso y que se propague por todos lados. Así, continué por aquel lado, encontrándome con muchos escollos. El primero, troncos y ramas en el camino; la Frutilla de Magallanes que avisa que debajo de sus hojas se encuentra barro con un olor nauseabundo y de una textura muy espesa; tuve cruzar una y otra vez el lecho del Velo de Novia ya que la montaña –muchas veces- no deja lugar para caminar por sus costas.
Debo reconocer que en este tramo, mi paciencia ya estaba al borde.

El clima, mejor imposible. De a ratos el sol calentaba mi espalda y por otros llegaban brisas río arriba que me mantenían seco y con ánimo de continuar, hasta que en un punto alcé la mira y me tope con una postal nueva.

El Monte Cinco Hermanos (1202 msnm) mostraba una geografía con toques verdes en sus laderas, en los picos manchones blancos de nieve residual y el cielo diáfano como nunca antes lo había visto. Pensé que desde Ushuaia es imposible tener una visión similar. La elevación se hacía cada vez más clara.

Al girar mi mirada hacia la izquierda di con una de las torres del imponente monte Olivia. Todo está dicho. Hay que continuar con la caminata.
Resolví tomar nuevamente el lado del río que da al Olivia y comenzar a subir por la ladera –alejándome del Velo de Novia- con la intención de encontrar nuevamente el sendero que había dejado un par de horas atrás.

Di con él en una zona muy oscura del bosque. Un pebete de jamón y queso, una barra de chocolate y agua fueron la excusa para detenerme y descansar un poco. No es el menú más exclusivo, pero el lugar le hizo honor definitivamente.
Cuando me puse de pie, la montaña, el río y el cielo se me vinieron encima. Había sido bastante el desgaste y la comida en el estómago hicieron que la presión se me bajara. Me quedé quieto hasta que las imágenes cobraron sentido y continué.

El sendero está destrozado, las lluvias y el constante andar de las vacas han hecho pequeñas zonas pantanosas muy difíciles de atravesar. Aun así, con el esfuerzo al máximo pude sortearlos y llegar hasta una castorera. La visión acá fue reveladora.


Hacia la derecha y desde la cima del Cerro Cloche (1030msnm) caía un hilo de agua desde varias decenas de metros; producía un sonido constante y muy presente. Al frente, el Cinco Hermanos cada vez más claro, más detallado. Y hacia la izquierda, algunas torres del Olivia y un río que bajaba de ella. Esto sí fue revelador. Un río desde allá. Me dije “debe haber una laguna” de inmediato, puse norte a mis intenciones y busqué salir del bosque hacia el limite de vegetación.
Fue muy difícil hacerlo ya que el sendero desaparece nuevamente y la vegetación es muy tupida, aun así logré mi cometido y me encontré en un momento fuera del bosque. Hacia la derecha el río, y arriba el promontorio descubría facetas desconocidas para quienes vivimos en Ushuaia. Sus torres, los picos, las morrenas y derrubios ofrecían una nueva visión –al menos para mí- muy alejada de aquella montaña con forma de flecha o arpón.


Comencé a subir la ladera y quise conocer el sabor del agua cristalina que corría por las piedras. Cargué mi botella y tomé. Fresca, sana, nueva, absolutamente natural.
Continué mi escalada, pero cada vez la vegetación se hacía menos presente, dándole el protagonismo a las piedras lajas que se desprenden de las paredes de Olivia. Varios bloques erráticos a la vera del río le dan al paisaje la singularidad de la montaña.

Volviéndome hacia el sur, observo el Beagle pequeño, azul y lejano. La pista del aeropuerto se ve clara. La isla Navarino (Chile) adopta una geografía nueva y absolutamente hermosa.
Subir se hace más difícil. Decido cruzar el río y doy con un manto extenso de una arenisca densa y húmeda que es más costoso sortear. Retomo la roca y la piedra laja del otro lado y emprendo una escalada sin altos.
Cuando por fin llego a una especie de cima, donde el río se abre por innumerables canales formando un abanico de agua blanca y ruidosa; enttiendo de que la montaña aun no quiere desnudarse absolutamente.

Un enorme promontorio de roca lisa y húmeda me recibe, observándolo detenidamente es imposible escalarlo –no soy profesional ni idóneo en la materia- pero quería sortearlo.
Sin embargo, cuando alzo un poco más la mirada, el paisaje recompensó absolutamente mi atrevimiento. Un glaciar colgante de proporciones importantes me observaba desde lo alto. Se trata del Glaciar De Agostini.

Entonces si encontré la razón por qué sortear la piedra lisa y húmeda. Quería llegar al glaciar o al menos, contemplarlo más cómodamente.
Por una cornisa rodeé la mole color bronce y negro y llegué a un pequeño brazo del río y escalé la piedra por su lecho. Así, llegué a la cima y continué hasta el mismísimo límite de la roca y la nieve.
El glaciar tiene la forma de una lomada, con grietas en muchas partes formando capas. Arriba, más bloques de la montaña y el viento, que cada tanto sopla frío y proporcionando algo de frescura.

Sobre mi derecha hay un enorme pico, alcanzo a observar un filo blanco, y la cima compuesta de tres picos. Desde el límite de vegetación parecía alcanzable, ahí arriba entiendo que tiene como 300 metros de altura. Imposible llegar por varias razones. No dispongo de elementos de seguridad para escalarlo (es piedra) y sobre todo –y no menos importante- carezco de experiencia o conocimientos básicos como para encarar una empresa de tamaña magnitud.
Careciendo de toda idea técnica sobre glaciación, me atrevo a contar que esa lengua de nieve -donde asenté mi rudimentario campamento- adquiere dirección hacia el sudeste donde desagua el río glaciar.


Recuerdo las explicaciones de Marcelo (ver Wintex Expediciones) sobre los peligros de caminar sobre un glaciar (grietas en forma de A o V) y que al carecer de conocimientos técnicos, andar sobre él puede producir consecuencias terribles. Pero entendí que el glaciar, propiamente dicho, estaba muchos metros adentro en la montaña por lo que decidí marchar sobre la nieve.
El manto es grande, recorrerlo no presenta dificultades, en algunas zonas la nieve aun esta fresca. Llegué hasta unos cuantos metros adentro, cerca de una gran roca. El glaciar ahora es más presente.

¿Qué sentimientos se apoderaron de mí? Muchos. Para empezar a enumerarlos podría recordar la pequeñez de mi existencia ante tanta belleza. Soledad. Sorpresa. Atrevimiento. Sentirme un alfiler en medio de la naturaleza.
De regreso al campamento improvisado por la presencia de mi mochila, algo de ropa y el trípode, tomé fotografías del Beagle. La vista es única. Las imágenes hablan por sí solas.
Cuando llegué al glaciar eran las cinco de la tarde, mi travesía había comenzado al mediodía. Recordé en ese instante que José me había dicho sobre las horas de luz y al carecer de una linterna, mi tiempo allí se agotaba. Tomé más fotos, me serví del río para recordar el sabor de la montaña y emprendí el regreso una hora después. Bajé primero por una lengua de nieve como si tuviera una tabla de snowboard en mis pies, fue divertido hasta que alcancé una velocidad importante y di –de golpe- con las piedras. Salí aleteando con mis brazos tratando de no terminar con los dientes en la laja.

Continué por una picada de vacas –lo reconocí luego de pisar varios ‘regalitos’- y me interné en el bosque achaparrado y en varias ocasiones caí estrepitosamente por lo húmedo del terreno y lo desacostumbradas que estaban mis piernas al terreno blando del bosque.
En conclusión, llegué al campamento cerca de las nueve de la noche. Caminé hasta el puesto en la entrada de Ushuaia y de ahí el colectivo hasta mi casa.
A modo de cierre
Este relato fue gestado mientras desandaba el sendero, el río, mientras subía la ladera de la montaña y una vez que llegué al glaciar. Lo terminé de recordar al ver las cerca de doscientas fotos que tomé y ahora, que lo redacto.

Mi idea –de atrevido y para nada avezado en la materia que soy- no era lograr este glaciar. Más bien esperaba llegar a la laguna Cinco Hermanos (como había visto en Google Maps) pero que desapareció luego de hablar con José (me explicó que para alcanzarla se necesitaban 9 horas)
Entonces cambió por seguir el curso de río Velo de Novia y llegar a algún lugar interesante. Jamás se me ocurrió que se me cruzaría en la mira, esa torre del Olivia, ni el río.
Llegué de insolente que soy. De arriesgado e ignorante. Llegar hasta allí arriba, supone muchos peligros, son casi 800 metros sobre el nivel del mar. Hay que conocer el terreno, poseer elementos de seguridad o por lo menos, ir acompañado de alguien que sepa cómo desenvolverse en la zona.

Ahora que lo pienso, voy a volver, directamente al glaciar, sin entretenerme con el río ni su vegetación. Directamente a él, con algo de conocimiento, con más tiempo y dispuesto a permanecer en la zona más tiempo. Todo, por desvelar los secretos que tiene Olivia.
Espero, ojalá se dé. Espero…

Datos:
Glaciar colgante: Es uno que está en pendiente y su frente se precipita.
Los glaciares en Tierra del Fuego, hasta 1956, no tuvieron importantes cambios.
Toda la zona del Beagle estuvo cubierta por un gran ventisquero.


Este lunes, consulté al Director de la empresa “Compañía de Guías de Patagonia”, Luis Turi, quien además es autor del libro “Guía de Sendas & Escaladas de Tierra del Fuego” 2002.
Turi confirmó mis dudas, “hay un senda de hacheros viaje, que te va llevando. Te llevan hasta un lugar que hay como un mirador y después das la vuelta y salis arriba de la cascanda” relató refiriéndose a la primera parte de la caminata.
Cuando relaté parte de mi experiencia –Turi estaba trabajando y no disponía de mucho tiempo- me confirmó lo que muchos ya me aclaraban. “El Glaciar De Agostini. Hay dos en el Olivia, uno es el Glaciar Sur y otro es el Glaciar De Agostini” y aclaró que de los dos, “es el más grandote, estará a 900 metros” finalizó.

Alberto María de Agostini

Padre de la orden de los salesianos, fue un religioso aventurero y, quizás, el último gran explorador de la Patagonia. Documentó el exterminio de los indios Onas y escaló primeras absolutas (según él, solo para sentirse más cerca de Dios) de montes como el Olivia y el San Lorenzo, (máxima altura de la Patagonia sur argentina con 3706 m.s.n.m.) con 60 años de edad. Recorrió a pie la Isla de Tierra del Fuego y gran parte del sudoeste santacruceño. Murió el 25 de Diciembre de 1960. Todavía hoy circula la frase que lo talla en forma de leyenda: De Agostini tenía la cabeza en el cielo, el corazón con los indios y los pies en las montañas patagónicas.
Hoy conservan su nombre numerosos accidentes geográficos de toda la patagonia.
Fuente: Leandro Scheurle (Director y coordinador general de Ascenso 23)

Aclaración:
Es necesario aclararles que al contar estas experiencias, en la naturaleza, busco compartir mis vivencias. No soy guía de turismo, no soy guía de montaña, no soy andinista ni nada relacionado al rubro turismo. Relato lo que vivo en el lugar dónde nací. Únicamente eso.

3 comentarios:

  1. hola Bobber: con tu relato, transmitis la sensación de que llevas en tus entrañas todo lo que hace a Tierra del Fuego, lugar en el que naciste, y lo hacés notar, te lo aseguro.Tus experiencias me hacen amar más a mi bella tierra por adopción.es un mimo para el alma. beshosss
    EVA

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  2. Guauu!!!! Q zarpado!!! yo kiero ir a caminar ahi!!!! un dia cuando vayamos a ushuaia nos tenes q llevar!!! aora me debes esa caminata, jejeje!!! muy lindas fotos tio, como siempre. aora se kien era De Agostini y algo de su historia. no puedo creer q alla recorrido a pie la isla!!! taba re loquito para acer eso, jaja.
    la verdad tio, vos deberias ser guia de turismo o fotografo, se te da muy bien esas cosas, y mas lo de sacar fotos. cuando kieras voy y te ayudo, obviamente con el permiso de mamá y papá, jejeje.
    espero q agas mas caminatas en el verano para entretenernos a nosotros y a vos, y de paso una excusa para usar la compu, jaja, no mentira lo de la compu.
    ¡Disfruta el verano, las caminatas y TU VIDA!!!!
    Tu sobrina Aldy, la favorita y mas linda, jaja

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  3. Muy buen relato !! Es como vivirlo uno mismo. Ojalá tenga la oportunidad algún día de hacerlo personalmente. Gracias. Osvaldo

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