jueves, 28 de enero de 2010

Caminata a la Sierra Alvear

Luego de visitar el glaciar De Agostini el jueves pasado, mis ganas de continuar caminando Tierra del Fuego seguían firmes. Mi intención era conocer más. Siempre sucede eso.

Así, programé subir a la cima del Monte Susana (504msnm) que está en Ushuaia y que los residentes consideran su centro meteorológico natural –cuando la cima está cubierta, se entiende que el clima no será tan bueno- y desde siempre me había intrigado llegar hasta allí.

Cuando preparé todo para salir -el sábado pasado-, mis piernas aún estaban resentidas por el esfuerzo de escalar la pendiente del Monte Olivia, sin embargo el día estaba listo para ser disfrutado a pleno y quedarme en casa no se me había cruzado por la mente.


Cuando me encontraba ya en la calle San Martín, me entró un pensamiento que venía madurando desde hace algún tiempo. El día que compré el mapa “Ushuaia Mapa de Caminatas” de Chaltén Outdoor recorrí con la vista la zona de la Sierra de Alvear. Ya había visitado varias veces la zona. Con los amigos de Wintek Expediciones habíamos subido al glaciar y visitado las cuevas y Laguna Esmeralda la visité cinco o seis veces.

Sin embargo me atrajo la idea de llegar hasta la Cascada Este.

Así que decididamente en la calle, tomé la determinación de dejar al Susana por la sierra. Me dirigí a la zona de las combis de turistas, me subí a una y luego de una parada en el Mirador del Valle Carbajal, llegué a la hostería del Tierra Mayor.

Comencé a caminar pasado el mediodía y al cruzar el valle me topé con varias zonas de turba, mallines y el río. Pero el día se prestaba para caminar tranquilo disfrutando de la natura.

Tome varias fotos del cordón montañoso y dí con una cascada que caía vertical y con varios balcones desde la cima de una lomada cubierta de vegetación. Definitivamente quería llegar ahí. Tomar de esa agua.

Una vez que llegué al límite del bosque, observé que lo cruzaban una serie de durmientes dispuestos a modo de puente. Crucé y el sendero desapareció. Miré la montaña y vi que el monte era cerrado y muy difícil de atravesar.

Mis piernas respondían, al menos en esta parte de la caminata; sin embargo el calor me estaba jugando una mala pasada. Si bien es cierto que llevaba ropa muy ligera, la temperatura aumentaba cada vez más, a medida que avanzaba y subía.

Me pareció interesante ver cómo la vegetación se sirve de su entorno para subsistir y crecer. Unas frutillas de Magallanes crecían de las raíces de un enorme árbol para vivir y florecer.

Me volví hacia el valle y desde esa altura (que no era mucha) pude apreciar las dimensiones de un cerro que está en la Sierra Sorondo (frente a la de Alvear). Al lado del Cerro Redondo (980) y que tiene la forma de un submarino. De hecho, buscando en Google Earth, hay muchas marcas que lo nombran así aunque no lleva ese nombre en los mapas.




Continué subiendo y por fin escuché el sonido que provenía de la cascada. Me acerque a la ver del arroyo y la vi. Saliendo de la piedra, el agua corría transparente y brillante para unirse al río Lasifashaj.


Comencé a rodear una enorme piedra hasta que encontré una buena zona para treparme. Ayudado por las raíces alcancé la cima de la roca y continué caminando hasta que el paisaje me regaló una nueva visión.

Al fondo de la castorera que había allí, detrás de los árboles se alzaba un enorme morro en la montaña. Tenía que llegar a él, esa era la nueva empresa que tenía que seguir.

Dejé la represa de los castores y me uní al lecho del río para salir del lugar. El agua estaba muy fría pero me hice de paciencia y resistencia para llegar al final de recorrido. El bosque, en las márgenes, era muy tupido, achaparrado y complicaba el paso.


Por momentos me mareaba y en varias oportunidades casi caigo al agua. Las piedras del fondo eran resbaladizas y se me hacía bastante complicado continuar. Cuando por fin pude salir de la zona boscosa, la montaña se me presentó como un enorme edificio. Alto. Muy alto.



Más adelante estaba el valle glaciar. Surcado por el río y con algunos manchones de nieve residual, el lugar era apacible. No corría viento y el sol de a ratos desaparecía detrás de algunas nubes, pero hasta el momento la caminata era agradable.


Seguí subiendo y llegue hasta el límite de vegetación y con él, llegaron las rocas. Las piedras.

En una gran mancha de nieve comencé a disparar la cámara, para todos lados. El cerro Submarino se veía perfectamente ya que estaba a la misma altura pero en frente.

Detrás, la montaña forma un anfiteatro de roca blanca, negra y colorada. El río corre ruidosamente y todo el lugar adquirió, en ese instante, la categoría de “perfecto”

Decidí almorzar y leer de nuevo el mapa, había llegado alto hasta ese momento. Cerca de los 800msnm. Para mí, increíble pero real.



Las cascadas estaban desprovistas, casi, de agua. Pero aún así el sonido del golpe en la roca adquiría volúmenes magníficos lo que le daba a la escena, tintes misteriosos.

Cuando volví mi irada hacia el anfiteatro de roca colorada, de verdad me dieron ganas de saber si tras una lomada de piedra se escondía una laguna.


Hacia allá fui.

El oxigeno, en estas alturas, se hace cada vez más necesario y cuesta mantener el ritmo con tantas piedras en el camino. El cansancio se hizo presente y mis piernas comenzaron a dar señales de fatiga. Aún así, continué hacia la meta. Quería llegar y comprobarlo por mí mismo.

Cuando por fin superé la roca blanca de la lomada, descubrí que en el lugar no había laguna. Se trataba de una especie de olla que se forma entre la roca y el suelo. Sólo era nieve, no había rastros de agua salvo la que caía por las laderas. El cielo se cubrió y desde la cima del morro llegó un aire frío que me invitaba a retirarme del lugar.


Me quedé contemplando el espectáculo. Quería quedarme más tiempo, ver con detalle cada parte del lugar sin embargo comenzaba a llover y ya era tarde. Cerca de las 5.

Con algunas piezas de piedra laja, a modo de despedida armé una especie de monolito sobre una enorme roca colorada, miré hacia el sur.


La cima del Olivia sobresalía sobre otras montañas y el valle en forma de U era surcado por un zigzagueante río, el que cae estrepitosamente en la cascada que había visto al inicio de la caminata desde la hostería.

Volvía a la ruta a esperar que alguien me levante y me llevara de regreso a la ciudad. Esa tarde había sido muy reveladora. Aunque me comía el cerebro pensando si se trataba, efectivamente, de la Cascada Este y de la cima del Alvear… Y si no era, esperaba que alguien –algún profesional de turismo- me despejara las dudas que había acumulado durante el viaje.


¿Cómo se llama el lugar? ¿Era la cascada? Y ese morro, ¿qué nombre tendría?


Cuando llegué a la hostería estaba cerrada y no pude ver a nadie más. Veinte minutos más tarde Guillermo y Mauricio –del Valle de las Cotorras- me levantaron en su vehículo y media hora más tarde ya estaba en casa.

El lunes, me puse en contacto con los chicos de Wintek Expediciones para despejar mis dudas. Por la tarde Marcelo me recibió en la agencia y juntos vimos algunas de las fotos que había tomado.

Y su veredicto fue que el lugar no tiene nombre, si bien se trata de la zona de la cascada Este –en invierno los profesionales van a ese lugar a escalar en hielo- el morro y el anfiteatro no tienen un nombre determinado. Forma parte de la Sierra de Alvear, pero no lleva ninguno.

Me dijo, que como en muchos casos en Tierra del Fuego, hay montañas que no han sido nomencladas. No tienen nombre y se guían por los comentarios de otros que han visitado los distintos lugares.


Agradecido me retiré y pensé que, si bien no está claramente bautizado, el lugar es digno de un paseo para cualquier fueguino que deseé recorrer lugares nuevos. El sendero, se pierde muchas veces, pero con algo de paciencia y con tiempo, se puede conocer un lugar digno de ser parte de los paquetes que se ofrecen al turismo internacional en verano.


La intención, como siempre, es regresar.

Aclaración:

Es necesario aclararles que al contar estas experiencias, en la naturaleza, busco compartir mis vivencias. No soy guía de turismo, no soy guía de montaña, no soy andinista ni nada relacionado al rubro turismo. Relato lo que vivo en el lugar dónde nací. Únicamente eso.

1 comentario:

  1. amigo, muy buen trekking, la zona es hermosisima y muy tranki, practicamente no va nadie, menos en verano, en invierno vamos un par a probar la cascada q tiene una altura bastante interesante y mucha verticalidad.
    T mando un abrazo y segui disfrutando de las montañas
    Milo

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