martes, 15 de diciembre de 2009

Cerros de Playa Larga


Una deuda saldada

Después de haber pasado el domingo en Almanza, con un día muy agradable, la sensación que tenía era de sabor a poco. Cuando vi que el lunes se anticipaba como de mucho calor y un cielo apenas cubierto, decidí saldar una vieja deuda.

Cada vez que viajaba a Río Grande por la ruta de la costa, la ansiedad por saber qué había en los cerros de Playa Larga, me asaltaba siempre.
Esos cerros, desprovistos de árboles; de un verde-marrón inquietante… Esas breves cimas. ¿Qué podría llegar a ver desde ahí?

De modo, que después de las 6 de la tarde, borceguís listos, agua y la infaltable cámara fueron elementos, de vital importancia, para desandar el sector que está frente a la Estancia Río Olivia, en Ushuaia.
Así emprendí la caminata, donde la ruta que lleva a la Reserva Cultural Natural Playa Larga gira bruscamente dejando atrás la estancia, justo sobre el guarda rail.
Subí por un sendero marcado por vacas, el que me dejó en un claro donde los matorrales espesos de calafates en flor, hicieron algo doloroso ese momento. Sin embargo, entre tantas espinas, los ejemplares de Coqueta, Botón de Oro, Palomita y Campanita alegraban el andar. La cámara curiosa y torpe, buscando retratar sus detalles más íntimos. Yo, con el sol a espaldas, disfrutando cada instante.

Afortunadamente el sector se encuentra enmarcado por muchos senderos, en varias direcciones, facilitando así el andar y pudiendo evitar el impacto de la presencia humana por esos lugares, más allá del que ya ofrecen los vacunos sueltos.


Mi mirada se posó en una faceta distinta del Olivia, enmarcado por un viejo tronco que de pie, era uno de los pocos testigos de lo que fue, un viejo y tupido lengal; el ícono de Ushuaia se apreciaba más achatado, azul y con cada una de sus vetas marcadas como si hubiese sido un cincel, el autor de cada una de ellas.
Desde este punto, y viendo hacia el sur, la ciudad se notaba polvorienta… Nublada por la tierra, humo de las laderas del Martial; ruidosa, muy ruidosa. Un sonido constante y monótono, capaz de enloquecer a cualquiera, era la banda sonora de esta parte.

La cima me esperaba, pero el calor me ganó por un momento. Decidí descansar sobre una roca, de las primeras que veía camino a lo más alto del cerro.
Decidí seguir en dirección sudoeste, pero viendo hacia el faldeo del Olivia, una enorme roca desnuda atrajo mi atención. Caminé en dirección a ella y pude ver un pequeño valle. Herido por un chorrillo y decenas de troncos grises tirados por todo lados. Volví sobre mis pasos y continué en búsqueda de la cima.



Allá, a los lejos, un pequeño ejemplar de lenga en forma de árbol bandera. Otra vez el recuerdo de Harberton y su potente viento.

Cuando percibí que me acercaba al techo del cerro, miré sobre las piedras y alcancé a divisar el perfil de un ave. No sé cuál sería, pero mi presencia lo inquietó, ‘carreteó’ y emprendió un bellísimo vuelo. Mi cámara captó su partida. Se confundió con las montañas tras Ushuaia y no lo vi más.


Por fin estaba en la cima, el viento se había calmado y la vista era única. Hacia el sur, las montañas de la isla de Navarino, las islas Bridges, la península de Ushuaia y mucho más. La ciudad, desde este punto, había cesado en su molesto rugido y daba lugar a una postal polvorienta y poco seductora. Sin embargo estar ahí arriba, saldando una deuda de 6 años, era toda una revelación.

Me quedé por un largo rato, sentado, tomando fotos y escuchando aquel sonido que llegaba a la breve altura. Un avión aterrizaba en la pista, varios catamaranes iban en busca de las expresiones de turistas sorprendidos y yo ahí.

Mi caminata continúo, por detrás del cerro, en dirección a Estancia Túnel. Cuando comencé a bajar, observé a lo lejos, en el valle detrás de estos cerros, una castorera y sin vestigios de la presencia de sus moradores. Ok. Vamos hasta allá. La pendiente se veía muy empinada. ¡A bajar!

Cuando por fin llegué abajo, me encontré con árboles altísimos, o por lo menos, más altos de los que se ven por el lado de la costa. Un bosque viejo, iluminado pero denso. Agradable. Creo que si hubiera tenido conmigo una carpa y algo de comer, me quedaba en ese lugar.


Comencé a desandar un sendero que encontré, y di con la castorera. Por lo visto estaba abandonada. El valle era extenso.
En este punto quiero contar, que el sonido era increíble. Y seguramente más de alguno se molestará porque use ese adjetivo, pero no encuentro otro para describir este instante.
No soy ‘pajarólogo’ pero había sonidos de muchas aves, llegaban de la izquierda, de la derecha… Desde adentro del bosque y sobre mí. Hasta pude apreciar el sonido de un pájaro carpintero ensañado con algún tronco.
La amplitud del valle intensificaba el sonido producido por las aves y mi voz, encontró su eco en las paredes rocosas.

Emprendí el regreso por el sendero. No me había percatado de él cuando bajé. Por lo visto, es visitado asiduamente y saqué esa conclusión, porque me topé con una colilla de cigarrillo sobre él. En fin. Por lo menos, los animales desandan los senderos que otros, hicieron antes.

Cuando volvía, a lo lejos en una pequeña montaña cercana a la costa del Beagle, pude ver a varios hombres extendiendo una lona naranja. Me imaginé que se trataría de algún deporte. Seguí bajando en esa dirección. De nuevo los matorrales densos y espinosos. Ya sé que para hacerme de los frutos del calafate, no voy a tener que ir tan lejos.
Cuando estaba muy cerca, efectivamente comprobé que se trataba de tres hombres, dos chicos y un perro. Y la enorme lona naranja.



Me quedé observándolos. Esperaban una corriente de aire favorable, para que Ale (el deportista), pudiera emprender el vuelo (¿?). Pregunté si podía tomar fotos y accedieron de inmediato.
Cuando uno de los hombres dijo ‘¡ahora, dale!’, Ale empezó una breve carrera y se hizo al aire. La lona se infló suavemente y comenzó a balancear su cuerpo y así dirigir el aparato.
Mientras él trabajaba, muchas personas disfrutaban el espectáculo desde el camping.
Aterrizó, minutos después, sobre la playa.


Para terminar mi excursión por estos cerros, preferí descansar en una cima, apreciando el atardecer que –cercano a las 9 de la noche- demoraba su aparición.

Puedo decir, que esta caminata por los cerros de Playa Larga, es una excelente opción para quiénes desean entablar contacto con la naturaleza sin gastar mucho dinero.
Las recomendaciones son las de siempre.

- Volver con la basura que se genere
- Tratar de no hacer fuego
- Evitar impactar el ambiente (dejando botellas, latas o bolsas)
- Caminar por los senderos en fila india
- No abusar de las capacidades físicas de cada uno.

Después, el resto sólo es observar, disfrutar y respetar.

1 comentario:

  1. Para todos los que hacen Momentos nuestros mejores deseos para este nuevo año. Hemos disfrutado cada una de las apariciones y lo seguiremos haciendo seguramente. Gracias por todos estos "Momentos"
    Elida Marta caracciolo
    Alberto Camerano

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