martes, 8 de septiembre de 2009

Encuentros inesperados

Los días, poco a poco, comienzan a ser más cálidos y en Tierra del Fuego podemos ver cómo todo cambia su color. Viajar entre Río Grande y Ushuaia –semanalmente- me ha hecho advertir muchos sitios en la cosa atlántica que me atraen y que gracias al benévolo clima, ansío conocer.

Por sus formas; las grandes extensiones de costas; los acantilados; los cientos y cientos de metros de pastizales entre la ruta y la orilla del mar, todo eso logra atraer mi curiosidad, mis ganas de recorrer son más fuertes.


Este fin de semana fue clarificador en ese sentido. Capturé a mi familia, mate en mano; bebidas; algo de comer y pusimos sur a la camioneta.

Mi idea era recorrer la zona que está más allá del Cabo Auricosta. Pasando el arroyo Los Patos, a 50 km. de la ciudad, inmediatamente después de llegar al Cabo, allí se observan unas grandes paredes casi rojas, acantilados de la formación Cabo Viamonte.

Luego de estacionar, cruzamos la ruta con dirección a la costa y comenzamos a caminar por ese pequeño bosque, afectado en su totalidad por barba de palo y muchos ejemplares de lenga secos pero aun de pie, seguimos caminando por la pampa externa del manchón arbóreo en su gran mayoría compuesta de coirón fueguino (festuca gracillima); algunos breves ejemplares de Calafate (berberis buxifolia) y –como dije anteriormente- lenga (nothofagus pumilio) acompañados de barba de palo (tillandsia usneoides).



A unos cuantos minutos de recorrer la zona, dimos con una franja –bastante amplia- anegada por el arroyo; entre la escarcha y el agua, esta porción del paseo molesto bastante a los que me acompañaban, máxime porque no tenían el calzado apropiado para la ocasión. Sin embargo una par de bromas, un poco de aliento a la caminata y todos nos encaminábamos a la cima de un acantilado.


Previo a ello, dimos con una tropilla de guanacos (lama guanicoe) de cinco o seis ejemplares, que provocaron la sorpresa de los pequeños caminantes y que –demás está mencionarlo- hizo que me sintiera seguro del recorrido elegido para la tarde del domingo.


Una vez que llegamos a la cima, pudimos observar desde esa altura -unos pocos cien metros sobre el nivel del mar- la enorme geografía que se abría ante nosotros, al norte se dibujaban los cabos Auricosta y Peñas y al sur el Viamonte. Al este, el mar Argentino en todo su esplendor, a pesar de que nos recibió con baja marea. Por allí, varios ejemplares rocosos erráticos en medio de la enorme playa de arena finísima, grava y canto rodado.

Hubo un breve instante de silencio, entre los que admiraban tanto y los otros que se hacían a la idea que el vértigo les había jugado una mala pasada, ante la altura del promontorio.


Bajamos; continuamos caminando por la playa y alcanzamos a ver sobre nosotros una bandurria (theristicus caudatus) solitaria que no dejó de observarnos –al menos eso nos pareció a todos- hasta que, aburrida, se alejó y se perdió en el bosque.

Fue impactante ver las paredes de los acantilados a ambos lados del recorrido, al norte y al sur los colorados muros seguían más allá desde donde nuestra vista alcanzaba y luego se confundían al norte con el cabo Auricosta. Arena muy fina en la playa, rocas moldeadas, redondeadas por las aguas del Atlántico y un sonido constante, el mar -en el fondo- haciéndose notar.


Una vez que llegamos a una pared que nos impedía continuar la caminata, decidimos comer y descansar un momento. A los lejos, vimos cinco ejemplares de caranchos (polyborus plancus) entretenidos con una faena que no alcancé a divisar.

Poco a poco, me fui acercando con mi cámara, ellos se asustaron y volaron lejos; cuando llegué al lugar los pájaros estaban haciéndose un festín con un pescado. Supongo que un róbalo.

En la cima del acantilado, uno de ellos me observaba, aparentemente molesto con mi extraña irrupción.













Ver mapa más grande






Luego de disfrutar de nuestra improvisada comida, emprendimos el regreso caminando muy cerca de las paredes del cabo. De pronto, uno de los que nos acompañaba, dio la voz de alerta y todos nos quedamos inmóviles revisando con los ojos la playa.


Allá, sobre las piedras y restos marinos, un joven ejemplar de lobo marino de dos pelos (arctocephalus australis) se había asustado tanto como nosotros, por la inoportuna presencia.

El animal nos miró y a medida que me acercaba para tomarle fotografías, éste más se enfurecía emitiendo sonidos, los que también asustaron a mis pequeños acompañantes.


Cuando vi que tenía suficientes imágenes del amigo marino, decidí retirarme y no continuar molestando su descanso. Fue gratificante anunciar que el mamífero no se encontraba herido ni nada parecido –al menos eso me pareció a mí- simplemente descansaba en las piedras. Me dio la sensación, que la noticia llegó como un bálsamo a los míos.


Las anécdotas, ya en el vehiculo disfrutando de mate y masitas, fueron mi caída en el barro del acantilado, las aves y sus alas (las confundí con cóndores), las piedras enormes en la playa y el lobo marino. Ni hablar del pasto anegado de agua y escarcha que resonaron en mí, traducidos en pequeños recordatorios familiares.

Una caminata de apenas tres horas, que nos mostró muchas bellezas fueguinas y nos despertó una gran cantidad de interrogantes amen de las risas y las ocurrencias propias de una salida en grupo, un grupo de muchos.

Hay que decir que sobre la playa se aprecian muchas restingas, se dirigen en dirección norte (esto se aprecia desde punta María hacia el sur) y salen bastante hacia el mar hasta cabo Viamonte, desde donde la costa se vuelve limpia y de aguas poco profundas, según el libro “Derrotero Argentino – Costa Oriental de la Tierra del Fuego” (Buenos Aires, 1949 – p. 62-H203) el que puede encontrarse en la Biblioteca Sarmiento de Ushuaia.

El Cabo Viamonte, se encuentra ubicado “al sudeste de la Ensenada de la Colonia, en la costa oriental de la Isla Grande de Tierra del Fuego” y el “nombre fue impuesto por Lucas Bridges en honor del General argentino Viamonte, de ascendencia italiana” dice el libro sobre topónimos de Tierra del Fuego editado por el Ejército argentino en los 80.

El nombre autóctono del lugar es “kaitr” que significa ‘resbalar’; “deriva de la voz ‘kaitren’”

4 comentarios:

  1. Solo el que caminó esas costas,sintió ese aire y ruido de mar y se dejó llenar con esos paisajes, puede entender de que hablamos y que sentimos los que tanto disfrutamos de esta Isla.
    Gracias por compartir las fotos!

    ResponderEliminar
  2. Muy interesantes tus criterios de información, y también agunos enfoques. Ni que decir de tu diseño sobre la barranca en dos fotos superpuestas. Grande Roberto!!!!
    Dicho por Mingo

    ResponderEliminar
  3. ¡¡¡Qué belleza!!! Muchas gracias Roberto por esta dicha y más aun para los que estamos con el jardín de la casa todavía. Cariños y adelante

    ResponderEliminar
  4. Rober ,esto me emociono mucho eso quiere decir que soy muy fans tuya,haces tan entendible todo en lo que describes que no se te puede dejar de entender ,todo está tan claro que emociona !!! muy bueno ojalas que sigas sacndo fotos y agregando ya que hay mucha gente de otras provincias que veran esto que es muy atrayente!!! un abrazo y muy linda tu pagina !!

    ResponderEliminar