El final del relato de Perla Bollo nos lleva a Policarpo, acantilados, “gigantes de hierro” hundidos en el mar, fauna salvaje y distraída. Un momento donde la zozobra y la incertidumbre se apoderan de la escena, el río ejerce potestad.
Por fin, llegan a su meta y, luego del susto, reflexionan sobre el estado de la zona, la historia encerrada en cada lugar de la costa y dan gracias a quiénes posibilitaron su nueva travesía.
Perla y Sergio una vez más, nos trasladan de la mano, a uno de los lugares más fabulosos de la Tierra del Fuego que no conocemos.
La Península Mitre –bautizada así por el rumano Julio Popper- esta hoy batallando en oficinas estatales esperando convertirse en un área protegida, para evitar su saqueo, su uso indiscriminado, para favorecer su condición de ‘virgen’.
Hasta allí, caminamos junto a esta pareja que ha hecho del lugar, su rincón en el mundo.
En esta última entrega, los relatos finales de este viaje, en la próxima entrada todas las fotos de Península Mitre: Costa Norte.
Hacia PolicarpoSaliendo del río Bueno, de repente el terreno se eleva considerablemente, comenzamos a subir sobre lo que parece un tapizado verde, únicamente el pasto, sin ninguna otra vegetación, inunda varios kilómetros a la redonda. De atrás de una loma aparece de repente una majestuosa tropilla de más de quince caballos salvajes, curiosos nos observan guardando una pequeña distancia, nosotros felices.
La subida termina abruptamente en forma vertical, debajo de la misma se ve otra vaca muerta, la que está sirviendo de desayuno a cuatro cóndores, que sobresaltados levantan vuelo, rápidamente dos Carancho Australes se abalanzan hacia la víctima.
A dos horas de caminata el primer y merecido descanso llega y nos detenemos en una pequeña bahía. Una pareja de Zorros Grises merodea cerca de nosotros o mejor dicho, nosotros merodeábamos cerca de ellos: ya que ellos estaban primero.
Sergio se dirige hacia la playa y desde allí me llama pidiéndome que me acerque con la cámara de fotos y la filmadora.
Mezclado con las piedras, apenas se deja ver la proa de hierro de un barco, ésta delata un naufragio más de los tantos que encontraríamos en aquellas playas. Nos acercamos y encontramos restos del mismo esparcidos por todos lados. A cuarenta metros de allí, como un tótem, se yergue una gigantesca ancla de más de dos metros de alto, oxidada y en parte cubierta de algas, quedó como testigo de una costa peligrosa, de la cual muchas embarcaciones fueron víctimas.
Después de aproximadamente dos horas más de marcha, nos encontramos con el mítico Duchess of Albany. Me da escalofríos pensar aquella situación descontrolada, en donde en gigante de hierro y madera golpeaba contra las piedras destruyéndose y la desesperación de las personas a bordo.
Con el horario de la marea baja para cruzar el río Policarpo aceleramos el paso. Con cincuenta metros de ancho en la desembocadura, una fuerte correntada y el mar algo agitado, el Policarpo se despliega con una fuerza y apariencia muy particular.
Nos disponemos a cruzar, caminamos con el agua a los tobillos, luego a las rodillas y luego a los muslos, el agua parece estar más fría que nunca. De un momento a otro el agua vuelve a darnos en las rodillas indicando que ya estamos saliendo del cauce y con dos pasos más, cargada ya con la ansiedad de salir a la orilla, siento que el piso cede y me hundo.
El agua me llega al cuello, busco a Sergio desesperada, lo veo intentando hacer pie, intento hablar pero no puedo, el agua fría que bruscamente me cubrió, me generó un espasmo que me deja casi sin aire, giro para ver que costa tengo más cerca y no hay alternativa; tengo que seguir cruzando… las olas me pegan en la cara y la situación parece descontrolarse en un segundo.
Yo, agarrada con la mano izquierda a la mochila de Sergio que me ayuda a atajar las olas, comienzo a nadar. Cada brazada un gran esfuerzo, nado con todas mis fuerzas y comienzo a avanzar con la mente solo en la orilla; ya nada existe, ni el frío, ni la correntada, ni las olas, solo quiero salir de ahí.
Sergio adelantándose, me indica que ya hace pie. Llego y hago pie, él me recibe… Estoy exhausta, no puedo dejar de temblar y estamos completamente mojados. Extendemos las bolsas de dormir para que yo me meta adentro mientras Sergio enciende fuego.
Intento entrar en calor, un ruido constante me distrae: Clac! Clac! Clac!, intento pensar solo en recuperarme y el ruido nuevamente y más constante, llama mi atención.
Clac! Clac!Clac!, saco la cabeza para ver qué sucede y siento que Sergio al lado mío respira tranquilamente, el techo de la Estancia Policarpo nos protege de la lluvia que empezó a caer y provoca aquel agradable ruido…
Fue una pesadilla… Estamos durmiendo en Policarpo… Respiro profundamente varias veces y no logro tranquilizarme, la imagen del mar que casi me arrastraba está muy fresca, no puedo volver a dormir.
Estancia PolicarpoElevada y privilegiada ubicación delante de la Caleta Falsa.
Un día de descanso para recorrer el lugar y disfrutar el paisaje y también para limpiar y ordenar, ya que deja mucho que desear la basura y el desorden que increíblemente hay en el lugar, por la simple razón de, que siendo un lugar tan alejado, es inconcebible que dejen tanta basura y se genere ese desorden. Bidones de nafta, botellas de vidrio, bidones de aceite se encuentran desparramados por los alrededores de la estancia. No es justo.
Aunque mas no sea por respeto al que vendrá, al que llegará en las condiciones en que sabemos aquellos que hemos llegado a Policarpo (sabiendo lo que cuesta llegar) y lo gratificante que es encontrar un lugar limpio y ordenado que denota nada más ni nada menos que la consideración de alguien que estuvo antes que nosotros y que sin saber, o sabiendo quienes somos, solamente por respeto entre seres humanos y aún más importante por respeto a la naturaleza, dejo todo limpio.
Bahía Tethis
Al día siguiente nos encontrábamos caminado rumbo a Bahía Tethis. Nos acompañó el sol y un numeroso grupo de Cóndores y un cálido día. Llegamos después de haber atravesado grandes extensiones de turba acompañados también por innumerables guanacos. Desde un pequeño cerro, pudimos apreciar una vez más la Isla de los Estados, impactante y lejana.
La bahía cargada de sensaciones nos recibe, los puestos que alguna vez viera en fotos hoy estaban al alcance de mis manos, la historia de los tiempos en los que se faenaban los lobos marinos, está testimoniada por la cantidad de huesos esparcidos por toda la playa y un montón de cueros que aún se encuentran apilados, llenos de sal.
Hermosa y triste Bahía Tethis, no puede desprenderse de lo que fue una vez.
Emprendemos el regreso por la costa propiamente dicha, sumando restos de naufragios… Sumando paisajes… Sumando sonidos y sumando, esta vez, una lobería con los lobos plácidamente durmiendo al sol, más zorros y una colonia de cormoranes imperiales; un atardecer que nos acompaño hasta llegar de regreso a Policarpo, después de 12 horas de caminata.
Bajo nuestros pies, turba, arena, piedra, agua. Rodeándonos, ese aire tan puro, ese sol que fue un regalo. Y sobre nosotros el cielo por manto que nos cubre, que a veces nos moja y, en otros, nos deslumbra desplegando miles de estrellas.
Una vez más esta tierra encantó mis sentidos y me alegró el alma.
Encantadora Tierra del Fuego, algo más que tierra, algo más que aire, algo más que agua.
El cruce del río Policarpo no fue una pesadilla, fue una realidad de la cual aprendimos mucho.
Los ríos de Península Mitre, en la costa norte, se caracterizan por estar muy influenciados con las mareas. Éstas modifican permanentemente sus cauces, sus desembocaduras y sus profundidades. Debido a estas transformaciones, deben ser extremadamente respetados.
Ahora en casa, recorro con el mouse el Google Earth y me siento muy afortunada en haber recorrido en 7 días aproximadamente 350 kilómetros más de la majestuosa Península Mitre.
Debemos tomar conciencia de preservar la maravillosa naturaleza que aún existe en ella.
Agradecemos a: Martin Lawrence, Adolfo Imbert, Gabriela Touceda, Mercedes Saire.Y en especial a Oyarzun y Aldo (del Puesto La Chaira) y a Uribe (de Estancia María Luisa).
Fotos y texto: Copyright (2008) SERGIO ANSELMINO/PERLABOLLO
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