lunes, 15 de septiembre de 2008

Cabo Peñas, belleza y dolor en el Atlántico

Lo que se había gestado como una caminata de dos, en una tarde apacible, sin viento y casi sin sol, se convirtió de pronto en una excursión de cinco por la costa atlántica de Río Grande.
Pasadas las cuatro de la tarde y luego de algunos preparativos (cargar agua y comida, gorros, bufandas y guantes en una mochila) nos encaminamos con Blue y el resto de la comitiva hacia la margen sur del río, donde se nos unieron dos más a la caminata. Tomamos el viejo camino al ex basural de la Municipalidad y de allí, hasta la tranquera que corta el camino de ripio asentado.

Mapa donde se observa la formación y la parte blanca corresponde a la laguna del mismo nombre.
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En principio caminaríamos por esa misma ruta hasta llegar al Cabo Peñas, ante lo monótono del trayecto, decidimos hacer el recorrido por la línea de la costa. Una vez que llegamos a la playa pudimos comprobar que la marea estaba un tanto agitada y sobre la orilla había desde cachiyuyos hasta caparazones de pequeños cangrejos y centollas.
El viento calmo nos permitió disfrutar del espectáculo que ofrecía nuestra meta. El cabo Peñas o ‘Amiskn’ voz selknam que significa “nombre de los bloques caídos a los pies del cabo, deriva de ‘ams’ (abajo)” y los Haush lo llamaban ‘Oijei’ o “lugar de pesca”
Caminar por la playa no fue, definitivamente, la mejor idea. La arena, grava y la humedad que dejaban las olas sobre esta, dificultaba el paso (ver orografía). Por suerte se nos cruzaron varias aves. Entre ellas muchas gaviotas cocineras (Larus dominicanus), una pareja de ostreros comunes (Haematopus palliatus) y sobre el mar alcanzamos a ver dos cormoranes de cuello negro (Phalacrocorax magellanicus)
La vista desde la playa era magnifica, el cabo adornado por inmensas y oscuras olas, detrás la bruma del mar le daba un aire misterioso.


Por fin decidimos subir a la zona de canto rodado, unos 6 metros arriba, comenzamos a caminar sobre las piedras. Unos cuantos kilómetros antes, funciona la cantera municipal de donde extraen áridos para la construcción. El tránsito no fue menos pesado, pero al menos apuramos el paso, lo que nos permitió después de una hora y media llegar por fin a nuestro destino.
Suponemos que desde la margen sur hasta el cabo propiamente dicho, hay entre 5 y 7 kilómetros.





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La figura del lugar, recuerda al cabo Domingo, pero en la base y semi sumergidos en el mar, hay bloques erráticos desprendidos que le dan a la zona una configuración muy extraña. Se trata de la restinga Peñas y por cierto, entre las enormes piedras erosionadas por las aguas del Atlántico también se pueden encontrar mejillones, pulpos y otros frutos de mar.
El cabo está al norte de la ensenada de la Colonia, sobre la costa oriental de la Isla Grande y tiene una altura de 30 metros sobre el nivel del mar.
Más atrás de la formación, se encuentra el faro. Instalado en los sesentas, “la señal es una estructura en forma de torre troncopiramidal de color negro, alimentado con energía fotovoltaica, con una altura de 13 metros. Originariamente, tenía un alcance luminoso de 18 millas; en la actualidad es de 10,3 millas náutica” según informa el Servicio de Hidrografía Naval (1) (2).
Luego de la gran mole, cuatro bloques erráticos decoran a primera vista un lugar excepcional. Dos rocas de entre 5 y 10 metros de altura (una de ellas en posición vertical según las capas sedimentarias) vigilan el mar y hacen de centinelas a otros dos que son bañados continuamente por el Atlántico.
Me resultó muy curioso ver la forma en que estas piedras se erosionan. El viento, el oleaje y la soledad de lugar hacen que la roca sea carcomida de una extraña manera, dándole a cada mole formas redondeadas y abovedadas.
Hacia el norte, la tarde comenzaba a caer y los colores mutaban a cada minuto. La bruma marina, el cielo semi cubierto y el sol débil, pintaban el paisaje de los más diversos tonos.
Cuando terminamos de inspeccionar el lugar, buscar las mejores posiciones para fotografiar y una vez que el resto de la excursión había repuesto energías, emprendimos la retirada de Peñas, no sin antes prometernos volver con más tiempo para desandar todo ese paraje que, en los libros de científicos, en las voces de los antiguos dueños de la tierra y de los historiadores, posee una larga lista de encuentros y desencuentros.

Aspecto histórico

Cabo Peñas, como tantos otros de la costa, posee una trágica historia detrás de su figura inquebrantable. En sus arenas, en su estructura, en ese perfil aguileño hay lamentos.
Anne Chapman, gran etnógrafa y conocedora de la vida selknam, reproduce las palabras de Luis Garibaldi Honte y Federico Echeuline quienes detallan una de las más tristes marcas del cabo.

El haush Luis Garibaldi Honte cuenta que “el Cabo Peñas ese que está frente donde está el faro. Es un cabo que desplaya mucho y hay un descanso de lobos, porque es muy desplayada y hay mucha alimentación en la marea baja. Hay peces y mariscos de muchas clases. Hast del lago (Fagnano) bajaban la gente a marisquear y cazar lobos. Porque ahí estaba el descanso de lobos”
Y es ahora cuando detalla la masacre de Cabo Peñas: “Entonces, el ’Chancho Colorado’ éste, puso una vez unos centinelas armados con Winchester, unos tres, cuatro hombres, tres por un lado, tres por otro lado del cabo” dice.
“Cuando vino la marea alta a crecerse” dice Garibaldi Honte, “en una parte del acantilado del cabo los iban apretando a medida que venían subiendo la marea, los iban apretando y el que quería pasar para el otro lado de la gente, le metían bala así que la gente, las mujeres y los cicos, se aglomeraron donde estaba el acantilado y ahí los ahogaron a todos. Ahí en el cabo famoso éste” finaliza el haush.

Por otra parte Federico le contaba a la etnógrafa franco americana: “Allá murieron unos parientes míos, como dos o tres mataron, en las barrancas ésas (Cabo Peñas). Y no tuvieron salvación, ningún lado podían escaparse, tan sólo uno se escondió entre las rocas y bueno, ellos ya esperaban para ver si salía de ahí (pero de tanto esperar) se aburrieron ellos, y lo dejaron. Ese fue el único que se escapó de ahí” cuenta el mestizo Federico, hijo de madre ona y padre noruego. (3)
Buscando más información sobre esta desgraciada anécdota, me topé con otros tres libros. “El exterminio de los Onas” de Enrique Inda dónde se extracta la palabra de Lucas Bridges (autor de ‘El último confín de la Tierra’) sobre Alejandro McLennan o Mc Inch, José María Borrero “La Patagonia trágica” quién describe esta y otras matanzas y por último el escritor Arnoldo Canclini, quién le da crédito al padre Juan E. Belza en su libro “Indios fueguinos” subrayando la documentación y el carácter religioso del último al relatar este asesinato donde perdieron la vida catorce aborígenes.
Ninguno de los autores citados aproxima una fecha.

En el libro “El último confín de la Tierra”, Lucas Bridges amplía detalles de la cacería:
“Desde tiempo inmemorial era costumbre de esos indígenas ir de tarde a ciertos lugares de la costa atlántica a cazar focas para abastecerse de grasa y cueros. En una ocasión, un grupo numeroso de onas se dirigió con ese objetivo al Cabo Peñas, un promontorio donde había centenares de focas. Entre los bosques donde vivían y el mar había kilómetros de campo abierto por donde debían cruzar prácticamente sin resguardo, pero los indios estaban ávidos de aceite, carne y grasa de foca, después de haberse pasado meses comiendo carne magra de guanaco” dice Lucas Bridges en su obra editada en 1952.
“Mc Inch se enteró de la proyectada cacería por informe de un renegado, quien, después de reñir con su clan, se había ido a vivir con los blancos y guardaba rencor a los suyos” continúa.
“Armados de rifles de repetición y seguido por un grupo de jinetes blancos deseosos de correr aventuras, Mc Inch rodeó el promontorio, cortando la retirada a los infortunados indios (sic), que pronto serían desalojados de sus refugios al pie de las rocas por la marea ascendente y caerían en las redes de los frenéticos cazadores”
Por último, agrega “no sé cuántos aborígenes fueron muertos en esa ocasión; pero Mc Inch declaró más adelante que habían sido catorce…” (4)

Para finalizar con la parte histórica, sólo diré que muchos autores no dan crédito de esta matanza al no estar debidamente documentada. Entendamos que la obra cita de Bridges, fue editada a finales de los cuarenta pero que relata la vida de los Selknam y Yámanas, siendo él y su familia quienes conocieron las últimas etapas de ambas etnias.

Aspecto orográfico

“Las playas comprendidas entre Cabo Nombre y Punta María tienen características granulométricas cambiantes, en la berma son dominantemente de guijarros (gravas) con tamaños entre 4 mm y mayores a 64 mm, y en la zona intermareal, con pendientes de 7-11°, dominan las arenas medias a gruesas. En el sector comprendido entre Cabo Peñas y Punta María se observa una planicie de cordones litorales de gravas medianas a gruesas de unos 1100 m de ancho. Entre la boca del Río Grande y Cabo Peñas se observa la presencia de dos asomos de plataforma de abrasión a una distancia de la costa de aprox. 2-4 km. En Cabo Peña la misma se extiende a partir del pie del acantilado 2 km mar adentro” dice el Atlas de Sensibilidad Ambiental de la Costa y el Mar Argentino en su sección Río Grande. (5)
“Este sector del litoral atlántico de Tierra del Fuego presenta un régimen macromareal,
semidiurno, con una amplitud máxima de mareas de 8,4 m (Servicio de Hidrografía
Naval 2004) y está expuesto a olas del Atlántico de alta energía. Los depósitos litorales actuales y fósiles, tanto del Holoceno como del Pleistoceno, están conformados por grava y arena gruesa, cuya principal fuente de aporte fueron depósitos glacifluviales”
“La ensenada de la Colonia se desarrolla en una zona litoral relativamente somera, con una amplia plataforma de abrasión conformada sobre areniscas limoarcillosas del Terciario (Formación Cabo Peñas, De Ferrariis, en Fossa Mancini et al. 1938, Codignotto y Malumián 1981). La topografía submarina de la plataforma de abrasión muestra la existencia de valles de probable origen glacifluvial (Fig. 4). La distancia entre los cabos que limitan esta entrante costera es de 11 km.” (6)

Agradecimientos: A Marcelo Ruiz del Club Andino Río Grande y la gente de Turismo de la Municipalidad de la ciudad de Río Grande, por su valiosa ayuda.

Bibliografía:

1.- Instituto Geográfico Militar – Toponimia de la República Argentina – Volumen 1 – Tierra del Fuego (265) (1982)
2.- Servicio de Hidrografía Naval (http://www.hidro.gov.ar/historia/FCaboPeñas.ASP)
3.- Anne Chapman – Fin de un Mundo Los Selknam de Tierra del Fuego (2008) Zagier & Urruty Publications.
4.- El exterminio de los Onas – Enrique S. Inda s/ “El último confín de la Tierra” (1948) Lucas Bridges.
5.- Atlas de Sensibilidad Ambiental de la Costa y el Mar Argentino - Río Grande. Documento pdf de Internet.
6.- Depósitos cuaternarios de la costa atlántica fueguina, entre los cabos Peñas y Ewan - Gustavo Gabriel BUJALESKY1 y Federico Ignacio ISLA2.
Fotos de Garibaldi Honte, Echeuline y Bridges de el blog Sureando.