Junto a Sergio Anselmino, gran conocedor de la naturaleza fueguina, recorrieron 12 horas a pie por la zona donde el explorador y visionario Julio Popper desarrolló la Compañía Anónima Lavaderos del Sud a finales de los 1800.
Desde Momentos en el Fin del Mundo, agradecidos a ellos dos, por permitirnos ver estas maravillas. ¡Mil gracias!
PUNTA PARAMO
Precipitado y veloz pasa un año más para mí, se acerca así la fecha de mi cumpleaños.
Sergio queda a cargo de organizar el festejo que, muy particularmente a mi pedido, carece de tortas y reuniones tradicionales.
Desde hace unos años, aprovecho ese día para alimentar mi sed de aire libre y disfrutar al máximo algún lugar nuevo o conocido, pero en contacto con la naturaleza y lejos de la ciudad.
Respondiendo a mi pedido, yo muy demandante y él, ambicioso en cuestiones de desafíos; elige sin dudarlo descubrir juntos la espiga de tierra que el mar Atlántico abraza ubicada al norte de la isla de Tierra del Fuego y forma la conocida bahía San Sebastián.
Con nuestro día libre en el trabajo y con toda la energía que aporta conocer un nuevo lugar, emprendemos gustosos el viaje, partiendo hacia la ciudad de Río Grande a las 3 de la madrugada.
Café, algo de comida, agua, nuestras eternas compañeras: las cámaras de fotos, el trípode y una muda de ropa, fueron directo a las mochilas.
Partida
Después de que Sergio me mostrara, en el mapa, el lugar que recorreríamos; me fue imposible sacar de mi mente hacia donde estaba caminando. Como una imagen satelital, me ubicaba en aquella extensión de no más de mil metros de ancho insertándose 16 kilómetros en el mar Atlántico.
¡Páramos si los hay! Yermo, arenal, paramera, sinónimos validos si queremos que una palabra lo describa.
Mis sentimientos le ganan a mis palabras para definir algo, ya que en este caso, como en muchos otros, me quedo sin ellas ante lo que siento cuando me enfrento a la maravillosa naturaleza.
¡Vamos nomás, adelante! A seguir sintiendo, ya que este punto de la Tierra se guardaba para mi algunas sorpresas.
A dos horas de caminata, la marea nos marcaba la línea de recorrido, haciéndonos subir a una meseta algo elevada con respecto al resto del terreno, la cual estaba cubierta de pequeñas piedras que hacían más lento el caminar.
No costaba mucho imaginar el agua a ambos lados, cada costa, separada por pocos metros. El Atlántico a la izquierda, con las olas bravas y a la derecha, la inmensa y serena bahía San Sebastián.
Encontramos así, en nuestro camino, el primer puesto el cual tenia adelante, a metros de la puerta, una mandíbula de ballena de dimensiones considerables ubicada en una pequeña elevación de tierra.
Continuamos camino, ahora por la otra costa de la espiga de tierra, sobre la bahía San Sebastián.
A pocos metros, la misma dejaba apreciar una formación estriada, en donde cada estría, de aproximadamente 40 centímetros de ancho, formaba un paisaje propio de un campo recién arado perpendicular a la costa.
De consistencia arcillosa, cediendo demasiado al peso de mi cuerpo, la tierra, como herida por la marea baja, desnudaba su superficie esperando ser bañada en pocas horas más por el agua que, como tantas veces, repetirá su natural movimiento.
Encuentro inesperado
Más tarde, nos sorprenden dos figuras que se movían, pensábamos que en este lugar no habitaba nadie y así era en realidad. Dos pescadores que diariamente visitan el lugar cuando baja la marea, se llevaban esta vez entre las redes, varios róbalos y un gatuzo (una especie de tiburón).
Pescadores…pescados…
Continuamos caminando.
Fuerza Eólica
A metros de la costa, se formaba una pronunciada elevación que, como dije antes, daba lugar a una meseta, siempre de piedras pequeñas a excepción de la arena que estaba pegada al mar.
Caminando sobre la meseta, justo en el borde que precedía al declive para que Sergio me tomara una foto, sentí la fuerza del viento que me empujaba.
Se me ocurrió entonces abrir los brazos y como un juego, hacerle frente, tirando todo mi peso hacia delante. El viento contrarrestó el mismo sosteniéndome por completo, haciéndome sentir que en cualquier momento podría volar.
Cinco estrellas de mar secas y una costilla de lobo marino, ocupaban su lugar en mi mochila como souvenir de aquella travesía a orillas del Atlántico.
Un zorro gris (pseudalopex griseus) nos vigilaba a lo lejos, como si fuéramos intrusos en su territorio, moviéndose sigiloso y siempre atento.
El zorro y los pescadores no serían los únicos seres vivos que encontraríamos en nuestro camino.
Llego la hora de comer y aprovechamos otro puesto que apareció en nuestro camino construido con chapas, madera y nylon. Nos liberamos también del viento por un rato, el que nos aturdía sin piedad.
Era mediodía, ahora la luz del sol acentuaba los colores del cielo, arena y mar. Este se veía en una tonalidad de verde que hacía resaltar el celeste del cielo con algunas pequeñas nubes bien blancas.
Paisajes de óleo, como siempre digo, son el sublime resultado del pintor más experto.
Paisajes que duran instantes
El color cambia rápidamente, la nube blanca se transforma en gris oscuro y descarga, sin aviso, un granizo que nos pega fuertemente, baja la temperatura en forma notable e instantes después, el sol radiante ilumina de nuevo todo, no hay nubes ni blancas ni grises, solo el sol el cielo limpio y el viento.
Nos acercamos al Faro Punto Páramo, una estructura de hierro que, alimentada a batería solar, ilumina marcando este punto geográfico difícil de identificar por las embarcaciones.
Nos toca ahora atravesar un cementerio de lobos marinos (Otaria flavescens), sus huesos esparcidos por todos lados cubren una gran superficie testigos de una lobería que funcionaba en esa zona hace muchos años.
A unos veinte minutos mas de caminata otro puesto aparece, se distingue claramente una antena en el techo.
Muñecos y juguetes abandonados, sillones desvencijados, una mesa redonda en la cual había a modo de adorno, un bidón lleno de agua. Esto comenzaba a preocuparme, no había de donde sacar agua dulce.
En la pared orientada al norte, estaba la única ventana con una cortina, que no lograba cubrir la fuerte luz del sol que iluminaba esa parte de la casa.
Dos 'dormitorios' mas lúgubres, sin ventanas. Un baño improvisado. Botellas vacías y utencillos de cocina, quedaron allí. Revistas, alguna que otra prenda de vestir.
Como quien parte apurado y queda todo en la posición en que se lo estaba usando.
Desolación... una sensación difícil de explicar.
Misterioso puesto cargado de sonidos que venían sin querer.
Presencias recientes
Ocupantes no visibles, pero palpables, en la esencia del que estuvo hace poco y deja todavía la aureola de haber estado.
Camino de Regreso
Emprendemos el regreso sobre la costa del Atlántico. Las cuatro de la tarde, el sol iluminaba diferente, el mar se veía de color plata.
¿Olas o alas? Un centenar de gaviotines sudamericanos (Sterna hirundinacea) levantaba vuelo, mezclándose con el color del mar, formando una cortina de aves con un brillo plateado impresionante.
Alertados con nuestra presencia se trasladaban metros más adelante.
No se iban, solo se trasladaban, alejándose y dejándonos, a medida que nos acercábamos, disfrutar una y otra vez del color de sus alas mezcladas con el paisaje.
El sol de frente coloreaba todo de tono plateado y a contraluz el vapor de agua que desprendía el oleaje, se formaba pequeños arco iris que duraban solo unos momentos.
Un pequeño entrañable
Nuevamente sobre la meseta, Sergio me toma del brazo y me indica algo, unos metros adelante.
Un pequeño arbusto servia de protección a un pingüino de Magallanes (Spheniscus magellanicus) que se encontraba parado mirando en dirección al mar, quizás en busca de sus compañeros o quizás solo buscando la posibilidad de continuar viaje.
Sólo en ese páramo con el viento que lo hacia tambalear sin ningún refugio.
Me acerque lo más que pude, él, muy despacio, se fue acercando también. Yo extendía mi mano y él se inclinaba hacia delante, me miraba tan intrigado como yo lo miraba a él.
Perdido de su grupo vaya a saber por qué, allí estaba… Entregado al destino.
Me transmitió con su mirada mucha ternura y tristeza, daba la sensación de pedir ayuda, o simplemente, agradecernos la corta compañía que nos habíamos regalado los tres, ya que Sergio también se acercó lo suficiente como para que nuestro sorpresivo amigo le mostrara sus ojos, que privilegiados, han visto profundidades y bellezas para nosotros desconocidas.
Muy a nuestro pesar continuamos caminando.
En cercanías al rancho que habíamos visto en el trayecto de ida, siempre caminado lejos de la costa sobre la meseta, un lobo marino disecado se mimetizaba con el suelo, como una alfombra el cuero del lobo se pegaba a la tierra.
Claramente se podía ver la forma de su cuerpo y un colmillo. Restos de una victima del clima del lugar.
Después de recorrer casi 30 kilómetros, esta vez aprovechamos el rancho para descansar un poco del azote del viento el cual era implacable, sacudía todo; adentro o afuera se adueñaba de todo, se transformaba y en su transformación acompañaba en todo momento. Era imposible no sentirlo, era imposible no tenerlo en cuenta.
Una gran cantidad de botellas con agua nos hacia comprobar que en este lugar no hay acceso a ningún afluente de agua dulce, riachuelo ni cascada, convirtiendo esta zona en un verdadero páramo.
Las botellas de reserva y como aviso de las condiciones desérticas del lugar, no dejaban de impresionarme y provocar una sensación de desesperación ya que estábamos bastante alejados y nuestras provisiones de agua ya se estaban terminando.
Una gran ventana, con orientación al norte, dejaba ver desde adentro el panorama despojado de vegetación solo arena y mar.
A unos metros del rancho, había galpón con redes y accesorios de pesca, algunos muy herrumbrados, silentes, descansando contra las chapas que formaban el galpón, algunos en el suelo como desocupados y abandonados al descuido.
Fin del recorrido
'Mirar un mapa y decirte a vos mismo 'yo a esto lo conozco y lo caminé todo'' es una frase que siempre Sergio me repite cuando emprendemos alguna caminata y no la puedo olvidar.
Esa sensación de que mis pies hacen realidad mis sueños, permitiéndome recorrer y llenar de colores mis retinas, hacen que una vez más mis sensaciones ganen y me quede sin palabras para expresar realmente lo que siento cuando la naturaleza me sorprende.
Entonces solo me quedó por decir: ¡Feliz Cumpleaños Perla!, porque cuando llegué a casa me había olvidado que era mi cumpleaños.
Punto Páramo, me había atrapado por unas horas.
Fotos: Sergio Anselmino/Perla Bollo
Relato: Perla Bollo
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