martes, 19 de agosto de 2008

Buscando algo de Paz

Supongo que un lunes como el de hoy, feriado nacional, podría haber sido aburrido. De hecho creo que lo fue para muchos. Menos para mí.
Entre quedarme viendo las paredes, colgado de Internet o leyendo más sobre Julio Popper –personaje de la próxima entrada- opté por una salida al bosque.
Las calles de la ciudad estaban algo desiertas de nieve y transeúntes, por lo que viajar con Blue no representaba, esta tarde, ningún obstáculo ni peligro. Digo esto, ya que las ruedas del mi coche son –lisas y todo- de las comunes. Sin clavos. (Saludos Intendente, saludos)
Con lo antes dicho, me encaminé por la Avenida Héroes de Malvinas hacia el Este –como saliendo de la ciudad- y justo antes de llegar a la circunvalación de la Ruta 3, giré a la izquierda hacia la calle Abel Cárdenas y ahí me detuve.

Frente a mí tenía un cerrito de… No lo voy a intentar, no sé cuántos metros de altura, pero por lo que se veía desde la calle, no pretendía ser una empresa muy agotadora.

Sobre mi derecha, se observan –claros y majestuosos- el Monte Olivia y Monte Cinco Hermanos. El cielo, impecable, sin una sola nube que entorpeciera tamaña postal, cuando apenas iniciaban las cuatro de la tarde.
Una vez que crucé un alambrado –antes pregunté a una familia que jugaba en la nieve si podía hacerlo- me dirigí hacia lo alto, por donde hay un sendero bastante ancho y poco empinado. En el medio del recorrido me topé –por primera vez- con un ejemplar de Michay (Berberis ilicifolia) que superaba cómodamente el metro y medio. Erguido, verde y con sus hojas brillantes. Nunca había visto uno tan alto. Según “Flora del Archipielago Fueguino” de Evelyn Devereux (pags. 58-59) este “puede alcanzar el porte de un árbol, llegando a medir hasta 7 m de alto” Todos los días se aprende algo nuevo, definitivamente.
Una vez que estaba más alto en el cerro, unas pisadas me indicaban que –obviamente- alguien antes que yo había visitado ese lugar. Adiviné también las huellas de un animal y las seguí. Pensé que otro aburrido tendría las mismas (o mejores) fotos de los lugares cercanos. De cualquier manera, éstas son singulares porque representan un momento…
La superficie de la nieve, de cara al sol, estaba dura y resultaba fácil caminar por ella. La luz se reflejaba en la ladera blanca. Aún se oía el murmullo de Ushuaia y yo, ya me encontraba en medio de la naturaleza. Atrás Playa Larga, el barrio de las 640 viviendas y Fernández. Hacia el Oeste, la ciudad apenas parecía un caserío.
Continué caminando, y a lo lejos veía un tambor de color negro, horizontal, con una extraña forma. Al llegar al lugar, entendí que se trataba de una trampa para animales. Supuse que de zorros o perros salvajes (en la zona hay un establecimiento ganadero menor) Intenté cerrar la compuerta –para comprobar si era utilizado- y jamás pude hacerlo. Estaba oxidada. Más tarde me encontré con otras tantas.
Seguí disfrutando el espectáculo que crean el viento, la nieve y el sol. Muchas formas, dibujos sobre la fina capa. Extrañas maneras de demostrar la presencia de los elementos.
Volví la mirada sobre la bahía de Ushuaia, y solo y abandonado, estaba reinando en medio de las aguas el Neptunia Mediterráneo. (Alguna vez investigué sobre ese buque de bandera brasileña; mejor olvido las circunstancias de tal trabajo, se me cruzan un par de ideas para vengarlo)
Seguí caminando por la ladera del cerro y debo confesar que en un momento se me hizo muy difícil. Entiendan. Mucha nieve, poco estado físico (la última gran caminata fue al Alvear… hace muchos meses. Imaginen mi abdomen) Resultado, bordeé hacia la izquierda y pude llegar hasta una pequeña cima…
Hasta entonces, no entendía bien si el pequeño viaje se trataba simplemente de una excursión para despejar la mente. Hasta que observé el espectáculo de allá arriba.
Otra vez me sentí pequeño, como cuando Vinciguerra o Alvear. El Olivia se veía genial. Pintado por el Sol, iluminando todas sus formas, cada cicatriz, cada roca de toda su anatomia. De a ratos disparaba la cámara, de a ratos veía las aves surcar el cielo azul, de a ratos me dejaba llevar por la leve brisa de la tarde.
Resolví regresar por la cumbre. Era fácil caminar, aunque a veces mis piuernas se enterraban en la nieva por encima de mis rodillas. Algunas otras, caí.
Nuevamente pequeñas pisadas me indicaban la presencia de algún animal. Sobre lo árboles una pequeña comunidad de cachañas (Enicognathus ferrugineus).
Allá, a lo lejos, los Montes Martial y el Valle de Andorra. Será para una próxima salida, quizás sea mañana. Creo que encontré lo que buscaba.
Fue conmovedor permanecer en silencio. Silencio que perduró lo justo y necesario.
Sé que hay alguien que lo está viendo mejor que yo. Ojalá, esa paz que encontré por momentos, sea eterna en él.