sábado, 8 de marzo de 2008

Cabo San Pablo, misterio y encanto en el Atlántico Sur

Gaviotas cocineras en Cabo San Pablo

¡Yo estuve ahí!

Cabo San Pablo se encuentra a 46 km. sobre la costa atlántica luego del cruce de las rutas Nacional 3 y la Provincial A o “21”. Durante el recorrido se pueden ver las estancias Tepi, Rolito, Pirinaica, Inés y San Pablo. Se cruzan los ríos Chapel, Ladrillero y San Pablo y el Arroyo Pirinaica. Más al sur están las estancias La Fueguina, Río Irigoyen y María Luisa donde finaliza el recorrido de dicha ruta provincial.
Al llegar cerca de la entrada de la ex Hostería, está la desembocadura del río Ladrillero, luego pasándola está la del río San Pablo. En esta época del año es muy tranquilo y dentro del valle que forman se pueden ver a varios pescadores en busca de truchas. En la costa, el canto rodado y las piedras sedimentarias coronan una extensa playa que hacia el norte es custodiada por el Cabo Ladrillero y hacia el sur por el renombrado Cabo San Pablo.
Desde lejos se puede observar que su formación es netamente sedimentaria, la vegetación es achaparrada y el bosque de ñire bajo y tupido. Ahí, ¡luego veré flores que no había visto antes en el sur de Tierra del Fuego!
La pregunta que me hago es ¿puedo llegar al faro? Es decir, alguien estuvo ahí para instalarlo, mucho antes que yo. ¡No es tanto lo que hay que caminar desde la ruta!
Y cada vez que me formulo esas preguntas, las respuestas nacen como un desafío, como una meta. Me conozco. Después pienso ‘¡podría haber ido, no era tanto!’

El faro original fue construido en 1945. Hace más de sesenta años que está ahí, pero por poco tiempo cumplió su función. El terremoto del 49 ladeó su estructura soberbia dejándolo en peligrosa posición de caída. Sin embargo aún sigue ahí. Espera la caída, pero se resiste a pesar del viento, su eterno enemigo en las costas fueguinas.
En la costa, el mar ruge furioso y con cada oleada, la blanca espuma del salino océano juega con el viento a correr por las piedras. El sol arriba, imperturbable, ilumina mientras las nubes disimuladamente anuncian la pronta llegada del atardecer.

El sonido del lugar es espectacular. Es que el viento ruge, parece que desde el Cabo Ladrillero llegara su voz y desde la costa, las olas cantan incansablemente años de soledad y hastío.
Aprovecho para almorzar y luego decido caminar por la playa. ¡Hace cuanto no hacía esto! Cuando era más chico, me iba a la playa de Río Grande y pasaba horas viendo el mar, imaginando qué habría detrás de la línea del horizonte y, luego de afinar la vista, alcanzaba a ver una que otra embarcación surcar el océano.

Por momentos el agua me moja, en otros, camino sobre las piedras haciendo un ruido familiar y añorado… En otros me vuelvo y observo con detenimiento la silueta perfecta que dibuja el Cabo Ladrillero.
Este cabo es el punto norte de la Caleta San Pablo. “El accidente se interna poco en el mar y es a pique, despidiendo en toda su extensión una restinga” dice el libro “Toponimia de la República Argentina” en su capítulo fueguino.
Justamente con ese libro, y en busca de información técnica sobre el lugar, me encuentro con que el nombre de ese cabo fue impuesto por el famoso Julio Popper “en memoria del navegante Juan Ladrillero, que en el año 1558 recorrió el estrecho de Magallanes”

BlueFire, un gran compañero

Desde la baliza del nuevo faro
"Mientras más arriba estoy, la vegetación deja claros donde se alcanza a observar… ¡arena de playa!"

"Está a punto de caer pero soporta los castigos del viento y el tiempo. "
"Es de hierro negro y amarillo. Posee una fuente de energía solar y como al viejo faro de cemento, a este tampoco nadie lo molesta."

"Hay huellones producto del paso de vehículos de mayor porte y el barro se moldeó dibujando alturas que no sé sí Blue soportará"
Los cielos de la zona norte de Tierra del Fuego, no se comparan a los del sur. ¡Son impresionantes!


Volvamos a Cabo San Pablo, que es quién había captado toda mi atención el domingo último.
En San Pablo, como en muchos sitios de Tierra del Fuego, se cometieron crímenes aberrantes con los aborígenes. Emborracharlos y empujarlos al vacío era una costumbre arraigada entre los blancos de principios del siglo XX. Las continuas luchas por evitar que los onas maten el ganado lanar para alimentarse o defender su patria convertían a este y otros puntos de la costa en verdaderos testigos de matanza.

Decido recorrer su geografía cueste lo que cueste. ¡No creo que sea igual que subir al Guanaco! me aliento.
Subo a BlueFire (mi incondicional compañero de ruta, mi Palio azul) y emprendo la recorrida hacia el cabo. A la izquierda de la ruta alcanzo a observar una entrada de vehículos. ¡Allá vamos! Es una huella, suave y sin pendientes. Logro llegar a la costa y me encuentro con un matrimonio disfrutando del fin de semana. Miro hacia la montaña y alcanzo a ver una casa rodante estacionada unos cuantos metros arriba en el faldeo del cabo.
¡Entonces puedo llegar!

Regreso sobre la huella e intento localizar la que sube pero no hay rastros. Nuevamente regreso a la costa y decido bajar y preguntar. El hombre está sentado sobre la playa afilando un hacha y la mujer, muy abrigada, asoma medio cuerpo fuera de la carpa. Los saludos y luego de responderme de inmediato adivinan mis intenciones.

‘¿Querés subir al faro?’ me dice el hombre que es interrumpido por ella quien me asegura que más arriba hay una senda hacia el faro. Agradezco tamaña información, los despido y vuelvo a BlueFire. Ahora sí, tengo que entrar en el faldeo.
Veo detenidamente el follaje y alcanzo a ver la senda. La sigo, muy lentamente. De a poco comienzo a subir y llego hasta un claro dónde está la casa rodante. Parece deshabitada. Sigo. Falta poco.

La ruta se va poniendo difícil. Hay huellones producto del paso de vehículos de mayor porte y el barro se moldeó dibujando alturas que no sé sí Blue soportará. Los bordeo, subo a un costado del trayecto y desde arriba veo que baja un cuatriciclo comandado por un hombre y acompañado por algunos más.

Metros frente a mí, se detienen y él me mira con cara de estupor. Por un momento pensé que se me había ido la mano subiendo tanto. Luego de saludarnos, vi que venía en compañía de su esposa y sus dos hijas. ‘Andá al faro, se ve espectacularmente’ me dice. Le pregunto por el camino y me recomienda seguir a pie. ‘No falta mucho’ dice y pienso ‘si supieras que ayer subí 970 metros –Cerro Guanaco-, me llevarías vos’ pero como siempre en estos casos, agradecí la información y me bajé de Blue.

Con la cámara colgada en mi cuello empecé lentamente a caminar por la huella. No se la puede comparar, ni remotamente, con el sendero del Guanaco. Esto, ¡es pan comido!
Mientras más arriba estoy, la vegetación deja claros donde se alcanza a observar… ¡arena de playa! Es que, se ve que millones de años atrás, este cabo estaba sumergido bajo metros y metros de agua marina.
La arena es igual a la que se ve en las playas riograndenses, es idéntica. El viento arrastra partículas, pero son varios los centímetros de esta fina capa del Cabo San Pablo.
El bosque ya no es de lenga. Los ñires, bajos y achaparrados, dominan la escena y de pronto… aparece el faro original.

“Su construcción comenzó el 15 de marzo de 1945, durante el mes de diciembre de 1949 se produjo un movimiento sísmico que originó una peligrosa inclinación de la torre, situación que obligó a retirar el equipo luminoso y desactivar la señal, posteriormente, en 1966 se ordenó la reconstrucción del faro” dice el Servicio de Hidrografía Naval.

Todo de cemento, se adivina que era blanco y rojo. Está a punto de caer pero soporta los castigos del viento y el tiempo. Ahí está, nada lo altera. Más atrás está la baliza que cumple las funciones de vigía. Es de hierro negro y amarillo. Posee una fuente de energía solar y como al viejo faro de cemento, a este tampoco nadie lo molesta.
“La señal se trata de una torre troncopiramidal amarilla de 6 metros de altura, con un triángulo negro con su vértice hacia abajo. Además, tiene una plataforma en la parte superior para alojar la linterna luminosa alimentada a energía fotovoltaica, que le da un alcance óptico de 12,5 millas náuticas” aclara sobre el nuevo el SHN.

¡Por fin llegué! Miro hacia el norte, el mar se ve bravío, las olas dibujan toda la costa y más turistas caminan las playas. Ladrillero sigue llamándome la atención. Se ve enorme. Veo el mar, es inmenso, interminable y el horizonte casi no se aprecia. Hay bruma más allá. Hay soledad, ¡cuánta soledad!

Hacia la derecha, sigue el mar. Se ve Punta Gruesa pero antes, el gigante dormido. Desdémona.
Este buque carguero encalló en estas costas entre 1983-1985 (fecha no definida, ver Desdémona). Se lo ve tranquilo. El oleaje parece jugar con su casco corroído por el paso de los años. Antes y sobre la costa, abandonada, destruida y sola, la ex Hostería Cabo San Pablo. Todo un desperdicio.

La postal que acabo de descubrir es única. Sé positivamente que no soy el primero en llegar ahí, ni a ningún otro sitio descripto en este blog, pero me contento sabiendo que he sido el último, de momento.

Luego de un pequeño percance en el cabo, después de subir a la baliza nueva y curiosear por el mamut de cemento abandonado emprendo la retirada. BlueFire me espera. En el camino veo muchas flores que en el sur no hay, mi cámara capta esos momentos y satisfecho por la hazaña vuelvo a la ruta 21.
Llego a la ex Hostería. Es la segunda vez que visito el lugar, y como en la anterior vez, siento asco, bronca e impotencia. Una estructura muy bien diseñada para dar comodidad al turista y trabajo a decenas de fueguinos, está destruida. Sola. Como es el caso de la hostería del lago Yehuin, sin que a nadie le interese explotar el recurso turístico que hay en el lugar. Vergüenza.

Capto algunas tomas de Desdémona desde ese lugar y me retiro. Regreso a la ruta y luego de cruzar el puente del río San Pablo, voy en busca del buque encallado.
El río San Pablo nace en el norte de la sierra Lucio López y antes Julio Popper lo llamó “río Larrazábal”. Afortunadamente no prosperó ese mote y toda la zona, incluida la estancia, llevan el nombre impuesto el 29 de enero 1791 por el capitán de navío Juan J. Elizalde por la festividad cristiana de ese día. Otro nombre, ojalá hubiera prevalecido, es “Tehis” que significa “paleta u omóplato” aclarar sería en vano.

Al llegar a la costa, a través de una ruta improvisada, el buque se ve intimidante. El casco dejó su color original para formar parte junto al resto de la nave de un tono rojizo propio del óxido, que despacio pero tenaz, herrumbra toda su estructura.
Según un artículo que encontré en el diario La Nación del año 2006 y escrito por Juan Pablo Baliña aparentemente “la encalladura se debió a una fuerte sudestada y a una posterior gran bajante. Sin embargo, según algunos testimonios de los lugareños fue la propia compañía naviera quien ordenó al capitán de la embarcación encallar en las playas australes con el objeto de cobrar el seguro por accidentes”
Como sea, hoy Desdémona forma parte de “uno de los rincones más fascinantes de la provincia fueguina” y visitar el lugar significa adentrarse en la historia propia y adoptada.

Desdémona
Fue construido en Hamburgo (Alemania), llevaba consigo 28 tripulantes. Eslora: 77,70; manga: 12,50; puntal: 7,8 y una calado: 19’ 5”.
Tenía 3 bodegas y capacidad de carga de 145.976 p³. Cargaba 279 D. O. de combustible consumiendo 11 diarios.

Cronología

1952. Construido para Partenreederi A. Kirsten. Gemelo del OFELIA y del CLEOPATRA. Bautizado DESDEMONA. (Alemania)
1962. Vendido a Cormorán Líneas Marítimas. (Argentina)
1983. 9 de Julio. Varó frente a Mar de Ajó, Buenos Aires y zafó por sus propios medios para luego dirigirse a Mar del Plata a efectuar reparaciones.
Posteriormente sufrió una varadura en Río Grande, Tierra del Fuego, de donde logro zafar 25 días después.
1985. 9 de Septiembre. Naufraga en Cabo San Pablo, Tierra del Fuego, Argentina.
1985. 9 de Septiembre. Al mando del Capitán Germán G. Prillwitz, en viaje de Comodoro Rivadavia a Ushuaia fue varado intencionalmente en la playa con la intención de evitar su naufragio.

Flora y fauna

Guanaco
Caranca en pareja (Chloephaaga hybrida)

En el cabo, me crucé con las últimas bayas maduras de calafate (berberis buxifolia). Agrias pero dulces en el fondo, este fruto tiñe de azul toda la aventura. Por primera vez veo en Tierra del Fuego varios ejemplares de Clavelito (Hypochoeris incana) “presenta flores rosadas con perfume dulce. Planta blanca, como si tuviera canas (incana)” dice Evelyn Devereux en Flora del Archipiélago Fueguino.


También me crucé con una flor de color amarillo con, aparentemente, dos pétalos con líneas oscuras y una forma abovedada en su parte inferior. No encontré su denominación.
En cuanto a la fauna en el acceso a la ruta 21 me cruce con manadas de guanacos (Lama guanicoe). Sencillamente hermosos. Pastando, descansando sobre la hierba o bebiendo de los arroyos, el mamífero autóctono aún sigue en pie.


En cuanto a la fauna marina, la costa del San Pablo estaba llena de la fueguina gaviota cocinera (Larus cirrocephalus) y muchos ejemplares de caranca en pareja (Chloephaaga hybrida)

Fuentes:

Servicio de Hidrografía Naval
Diario La Nación
Wikipedia
Historia y Arqueología Marítima
Flora del Archipiélago Fueguino (E.D.)
Toponimia de la República Argentina – IGM
Patagonia y Antártida – Vida y Color (María Luisa Petraglia de Bolzon y Norberto D. Bolzón)