martes, 19 de febrero de 2008

Una travesía que nos dejó sin palabras (Continuación)

Este monte tiene una altura de 1450 metros sobre el nivel del mar y su glaciar está en franco retroceso, como todos los de la Patagonia. “Este monte se alza en la cabecera sudeste de la sierra Valdivieso, a septentrión de Ushuaia. Perpetúa la memoria de Decio Vincinguerra, zoólogo y botánico italiano (…) Participó en la expedición científica de Santiago Bove a Tierra del Fuego, habiendo hecho célebre su nombre, con numerosos y apreciados estudios ictiológicos” dice Alberto M. de Agostini. Más fotos y relatos de la aventura en el Glaciar!

La partida

El grupo salió temprano en la mañana y desde el Valle de Andorra –desde la famosa tranquera- ingresamos al bosque. Primero, el lugar se confunde con el verde de los árboles, el amarillo de las violetas y lo rojizo de un turbal cercano. Allí, detrás de todo ese paraje, la mole de piedra esperándonos.
Las recomendaciones fueron caminar en fila india, mantener distancia entre uno y otro… y hacernos amigos. El trayecto es extenso, duro y pesado. Los únicos que mantienen el ánimo arriba, son las risas y anécdotas. Hay que hacernos amigos en el sendero.
Una vez que cruzamos el río Arroyo Grande nos introducimos en el bosque. Allí, Miguel y Marcelo les explicaban a quienes no sabían, qué es la turba, cómo se forma y que usos tiene. También a Diana le llamaron la atención las protuberancias de los árboles –los nudos- ambos se encargaron de explicarle el por qué y lograron mostrarle el fruto. Nosotros lo conocemos como pan de indio. ¿Les suena familiar?

Subir al monte

Subir el Vincinguerra por momentos se hacía muy difícil. Cuestas, bajadas, charcos de barro resbaladizo, y de nuevo subidas y bajadas. Los instructores se ocuparon de mostrarnos cómo caminar para poder utilizar todos los músculos de las piernas y así no cansarnos en exceso. La técnica es buena, dio resultados óptimos.
Al fin llegamos al valle del monte, pero aún nos restaba subir la última ladera. Esta, de roca. Hacia la derecha observamos el río que nace en la Laguna de los Témpanos.
Ahora sí, subir es toda una proeza. Los músculos ya están empezando a agotarse. Sin embargo el paisaje arbóreo, de troncos en la tierra –por la fuerza de los viento o el trabajo de los presos para llevarlos al pueblo de Ushuaia- de senderos por un lado y otro, han desaparecido. Sólo queda lugar para una porción de vegetación y luego, la roca y el río son los únicos en esta zona del recorrido.
Después de atravesar el curso de agua blancuzca, similar a la leche diluida –después supimos que ese tono se debe a los sedimentos glaciarios- alcanzamos el último trayecto muy rocoso y difícil de desandar. Nuestra vista se ve entorpecida por montículos… hasta que por fin… ahí está.

El Vincinguerra

Lo que desde el valle de Andorra simplemente parecía una mancha blanca sobre la montaña, acá se transforma en un coloso blanco azulado de inmensas proporciones. Acompaña esta imagen, un helado viento que baja desde el pico de 1450 metros y el rugido de las alturas –provocado sin dudas por las ráfagas- cala los huesos y silencia cualquier expresión verbal. Solo es momento de contemplar.
Viéndolo, desde orillas de la laguna, no hay energía para mirar otra cosa. Solo él, con su enormidad, acapara la atención de los 7 integrantes de esta excursión. Es el silencio, mezclado con el frío, el cansancio, el sudor fresco y de nuevo el silencio. Me pasó algo similar cuando visite el glaciar Martial. Pero en esta oportunidad, había más gente conmigo, aún así… nadie podía decir nada. El gigante de hielo milenario nos había quitado el poder de la palabra. Todo era asombro.

¡Reacción, por favor!

Miguel y Marcelo, se aferraron a la tarea de darnos de comer, servirnos té caliente y recomendarnos ropa más abrigada. En ese instante comienza una nevada. Ya no se puede pedir más. Estos dos tipos, conocen el lugar. Conocen a la montaña.
También preparan los cascos amarillos y dejan a los grampones en la medida de cada calzado. Estas dos medidas –como dije- son requisito ineludible para ascender el glaciar.
Lamentablemente uno de la excursión, Diana, desiste de la travesía. Sus rodillas no pueden resistir la caminata, que con el viento, el equipo y el respeto que representa caminar sobre el glaciar, exige de más tolerancia aún.

Sandra tomando fotografías.
Los tres junto a Marcelo aprendiendo a cruzar las grietas glaciares.
Sandra puede!
Grampones, necesarios.
Marcelo demostrándonos técnicas para cruzarlas.
Dentro de la cueva, una sorpresa única.
Cae agua. El Vincinguerra se deshiela.
José internándose en la gran cueva.
Felices, en silencio pero felices.
Una postal única.
El adiós a la aventura.

Luego de una introducción hecha por ambos instructores y con Diana observándonos desde la laguna, iniciamos el ascenso. Caminamos primero por hielo y tierra que el glaciar ha arrastrado hasta su orilla. A un costado vemos un témpano esperando por caer. Y subimos. ¡Subimos!
La cuesta es empinada y Marcelo nos pide que nos volvamos. Es un paisaje único. La laguna, el valle, la sierra Valdivieso –a la que pertenece Vicinguerra- Andorra, Martial, el Beagle y más allá, donde la vista se pierde, Navarino (Chile).
Continuamos y llegamos a la primera grieta glaciar. Nos explica el instructor que las hay en forma de V y A. La primera es peligrosa cruzarla, pero uno ve sus dimensiones. La segunda es de las más arriesgadas ya que uno no sabe sus dimensiones. Siento algo de miedo. De verdad. Afortunadamente no participo de la mini clase. Mejor, tomo fotografías de los chicos.
Los que quedan –José, Daniel y Sandra-se abocan a aprender como cruzar una en forma de V. Es gracioso, todo es una mezcla de nervios y ganas de saber.

Regreso

Luego de andar encima de estos hielos milenarios, es tiempo de volver sobre la otra ladera y regresar a tierra. Marcelo nos señala un sector y hacia allí vamos. Con dificultad porque los grampones dificultan el andar.
Recibo un reto. Marcelo vio que mi casco no estaba asegurado con los precintos. Me apretaba mucho la mandíbula y decidí soltarla. Grave error, después de la recomendación del experto y la mirada acusadora del resto, volví a atarme el casco.
Seguimos y ya nos acercamos a la orilla del glaciar. Nos recomienda Marcelo nunca caminar hasta allí. Puede ser muy delgado, romperse y caernos quién sabe dónde.
Es que él, tenía un regalo final. Descendemos por unas rocas… y de inmediato damos con una cueva de hielo.

La cueva

La vemos y todos quedamos nuevamente en silencio. Es profunda, oscura y por el techo caen gotas de agua. Se está deshielando. En su base has como harina. Son los sedimentos rocosos que arrastra la mole congelada. Entran los cuatro primero.
Antes pide Marcelo que lo hagamos en silencio. Cualquier ruido podría hacer vibrar la cueva y vaya uno a saber qué pasaría. Mejor no pensarlo. ¡No! Mejor entrar en silencio, el máximo que se pueda.
Entran todos, yo me quedo afuera tomando fotografías, a eso fui. Me señalan que lo haga. Entro, hasta ahora no me había ensuciado, pero ante enorme belleza, imposible no hacerlo. Ahí voy.
Al ingresar, se oye al fondo un rumor de agua. Hay eco. Todo es oscuro y de pronto, cuando mi vista se acostumbra a la falta de luz, la cueva de hielo adquiere una tonalidad celeste. Turquesa, azul, negra… Es única. Jamás viví algo así. Nunca vi algo de estas características. Todos estamos en silencio, posan para la foto. El instructor me recomienda ángulos, formas, texturas y colores para inmortalizar con la cámara. Pero no salgo de mi asombro. No puedo.
Esta experiencia ha sido indescriptible. De nuevo única, asombrosa.
Al salir todos coincidimos en que ha sido la mejor parte de la travesía. ¡Estuvimos dentro del glaciar Vincinguerra!
Y claro, Marcelo como conocedor de la zona, sabe que esa cueva significó para nosotros ‘la frutilla del postre’
Nuestro regreso es tranquilo. Aun en silencio, comentando el recorrido. Y de vez en cuando, me vuelvo para contemplarlo, lo conozco. Sé cómo es, sé algunos de sus miles de misterios. El monte, el glaciar, la laguna, la mágica cueva celeste cada vez quedan más atrás pero definitivamente aferradas a la retina de mis ojos.

Sé que quienes participaron de esta experiencia, sentirán que han quedado detalles sin mencionar. Es que son tantos, tan variados desde la óptica de cada uno de nosotros, pero he tratado de contar lo que vivimos y sentimos. Volver sería un regalo. Recordarlo es un deber.
¡Gracias Sandra por el aviso del error!

4 comentarios:

  1. Estas últimas que subiste Andrés realmente son geniales !!!

    Gracias, tienen la particularidad de hacerte sentir lo que describis con las notas del viaje !!!
    Otra vez, sos un genio!!!
    Sandra

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  2. Hola Rober!!!!
    Lindas fotos del glaciar Vinciguerra, me imagino que la experiencia tambien fue linda. Te mando un abrazo grande. Hace rato que no se nada de vos, capaz que vaya este fin de semana con Eve a Ushuaia, espero encontrarte y asi pasar a saludarte. Cuidate. Fredy

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  3. Hola Andrés,
    con tus fotografías y tus comentarios has logrado transmitir fielmente lo que pudimos sentir allí todos los que compartimos contigo aquel viaje.

    Ahora me encuentro ya muy lejos de allí pero con tu blog he conseguido regresar por unos instantes.

    Unas fotografías preciosas.

    Un abrazo.

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